Rompecabezas del “buen” colegio

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José Eduardo* se levanta a las 4 de la mañana, para estar listo para el bus que lo lleva a su colegio, al otro extremo de la ciudad. Se duerme a ratos en el trayecto y cuando regresa por la tarde, se siente cansado y de mal humor.

Dania llega temprano en la tarde, con una pila de tareas que aún no ha terminado al llegar la noche. Su mamá aguanta con ella el martirio y termina ayudándola.

A sus 17 años, Luis no sabe cómo tratar a las jovencitas de su edad. Ha estudiado siempre en un colegio para varones y gracias a que no puede ver el futuro, no se ha enterado de  que esto le afectará durante toda su vida.

Karla detesta la carrera que estudia, pero es la que sus padres eligieron para ella. Cada vez que les decía que quería ser artista se horrorizaban y hasta la sacaron de las clases de pintura que tanto disfrutaba. Sus maestros se quejan de su rebeldía y poco esfuerzo.

Odilia tiene un colegio relativamente barato y bueno cerca de su casa. Pero al tener cinco hijos es un imposible. Tendrán que ir nuevamente a la misma escuela, donde ella siente que no aprenden nada pero al menos están estudiando.

Jacinta quisiera tener el dilema de su vecina Odilia. Ella tuvo que negarles a sus dos hijas mayores la posibilidad de seguir estudiando, para que los tres pequeños pudieran completar la primaria como ellas. Ya las “grandecitas” están en edad de trabajar.

Mauricio no quiere que sus hijos estudien en una institución pública porque eso es para “los pobres”, piensa él orgullosamente mientras hace cola en el banco para dejar casi todo su sueldo en las garras de las tarjetas de crédito. Lo que Mauricio no sabe es que el colegio de garaje a donde van sus hijos es muy inferior académicamente al Instituto que desprecia.

A Rossana le gusta su colegio. Tiene una biblioteca muy bonita, donde no pueden leer los libros ni menos llevárselos; solo tienen permitido usarlos para tareas.

A Cristal le hacía ilusión recibir su primera clase de inglés en secundaria. Le gustan los idiomas y le habían dicho que solo la recibiría una vez por semana, eso sí, dos horas. Al final, la maestra no llegó y los pusieron a hacer otra cosa. Al menos es mejor que el año pasado, cuando el maestro les decía que las palabras se escribían como se pronunciaban.

Javier tiene una inteligencia privilegiada. Como consecuencia, cuando no recibe el estímulo adecuado se dispersa y comienza a hablar en clase. Este año comenzó Primero Básico y es el primero en responder verbalmente  los problemas que el maestro de Matemática plantea. Este le contesta secamente que debe dar las respuestas por escrito.

Ana María se quedó otra vez en casa. Su mamá está atrasada en las cuotas y no le permiten ingresar al colegio. Nadie sabe todo lo que atraviesa su cabecita de 11 años mientras mira televisión local porque ya no hay para cable y espera con temor que regrese su mamá de trabajar, agotada y culpándolos a ella y sus hermanos de la irresponsabilidad materna.

Marcela es una maestra muy exigente y ya no puede con la frustración de un empleo donde desde el principio del ciclo escolar se sabe que todos los alumnos que paguen puntualmente su cuota deben aprobar el año.  Sufre dolencias sin causa aparente y cada día está más irritable y se desquita con ellos.

Mario está sentado frente a un examen de admisión universitaria. No tiene ni idea de muchas cosas que le están preguntando, jamás las aprendió. Se sentiría peor si supiera que el nivel de la prueba es bajísimo y complaciente. Y tanto que su papá presumía que tenía a sus hijos en un “buen” colegio.

En la clase de Análisis Literario, la catedrática suspira con incredulidad al ver cómo algunos alumnos de la universidad más costosa del país, mencionan como su personaje literario favorito a Bob Esponja o al Hombre Araña. Y eso que estudiaron en los colegios que incluye el famoso ranking.

Agregue piezas a su gusto, porque éstas son sólo unas pocas.

 

*Algunos nombres ficticios, todas las situaciones de la vida real.

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Elizabeth Rojas

Mujer, feminista, irreverente apasionada de la vida, comprometida con la salud mental. Escéptica e irónica, pero creyente en el poder de las redes sociales, la herramienta ignorada.

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