Romper el silencio y la impunidad

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El 15 de julio de 1982, en el caserío Tzalamabaj, municipio de Chiché, departamento de Quiché, una familia huía del hostigamiento de miembros del Ejército de Guatemala, y cuando estaban refugiados en una casa, los soldados violaron a la mamá y a una de las hijas de 9 años de edad.  Posteriormente, le prendieron fuego a la casa y las víctimas sobrevivieron. (CEH, Caso 2496)

Este primero de febrero dio inicio el Juicio Oral y Debate Público en un caso emblemático para la sociedad guatemalteca y sin lugar a dudas para los pueblos del mundo. Un tribunal nacional juzga delitos cometidos hace más de 30 años, por miembros del ejército. Violencia, esclavitud y violación sexual y laboral serán juzgados a lo largo de este importante juicio.

Fueron 15 mujeres mayas Q´eqchi´ quienes a partir de la construcción del ser sujetas de su propia transformación, realizan un acto de valentía y dignificación propia, al romper el silencio que durante años les había agobiado. Estas mujeres que dieron pasos certeros en la búsqueda de la justicia, están dando muestras a la humanidad de que las transformaciones sociales y el ejemplo certero de cara al futuro que las acciones de esclavitud y violación laboral y sexual no deben jamás volverse a dar; no sólo en contra de ellas, sus hermanas, sus hijas, sino también en contra de cualquier mujer en cualquier parte del mundo. Están dando, con sus testimonios y su ejemplar lucha por la justicia, un ejemplo claro, que los impunes no lo son para siempre y que aunque tarde la justicia es el único camino hacia la garantía de no repetición de tan deleznables hechos.

A lo largo de estos primeros días del juicio contra el Teniente del ejército Esteelmer Reyes y el Comisionado Militar Heriberto Valdez Asij, hemos evidencia dos posiciones contradictorias en un mismo escenario. Por un lado esta la grandeza de la dignidad y valentía de la mujeres denunciantes, las y los testigos de hechos criminales cometidos en contra de la población, como parte de la política de terror del Estado guatemalteco y por el otro la cobardía y la ignominia de quienes cometieron tales actos.

Este proceso además reviste una importancia de tal magnitud, que es probable que ahora no la observemos en su justa dimensión, pero que nos está enseñando que la verdad aunque dolorosa, si se acompaña de justicia y reparación integral, puede ser altamente liberadora. Nos esta mostrando que aquella historia de violencia y terror jamás puede volver a ser repetida y fundamentalmente que no nos podemos dar el lujo de quedarnos callados e inmóviles frente a tales y semejantes hechos.

Seguramente y si la justicia castiga a quienes, entre otros, fueron responsables de tan execrables hechos, se constituirá en algún sentido en una parte de la recomposición de ellas como mujeres, pero también aportará para que se inicie a hilvanar aquel tejido que fue roto a sangre y fuego. De ahí la importancia que debe ser defendida por el Pueblo de Guatemala. Estas mujeres y hombres que hoy nos cuentan la verdad meridiana de los hechos acaecidos hace más de 30 años, deben ser acogidos, protegidos y resguardados por todos y todas, ya que al hacerlo estaremos también resguardando el núcleo central de la existencia humana: la dignidad.

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Jorge Santos

Hombre guatemalteco, centroamericano y profundamente latinoamericano, defensor de derechos humanos, amante de la vida, la esperanza, la humanidad y fiel creyente que otra Guatemala es posible.

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