Ruido Blanco, Soda Stereo, 1987

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A partir de su debut en 1984, Soda Stereo compuso y grabó un álbum cada año hasta 1988. En total eran cinco discos en cinco años, un ritmo impresionante. Por lo general cada lanzamiento lo realizaban durante el segundo semestre, especialmente en noviembre. Su cuarto disco, Ruido Blanco, es una selección de algunas de sus canciones más populares grabadas en vivo, con arreglos en el New Wave Studios, en la isla de Barbados. El íntimo amigo de la banda, Alfredo Lois, había dirigido y creado la estética de los videoclíps Dietético y Cuando pase el temblor, además de haber asesorado la imagen, el logo y el maquillaje de sus compañeros de estudios. El disco Ruido Blanco saldría el 1 de noviembre de 1987 como una recopilación de temas de sus previos álbumes Soda Stereo (1984), Nada Personal (1985) y Signos (1986). La importancia de Ruido Blanco no radica solamente en tal recopilación de versiones en vivo, sino en ser una suerte de autoconciencia de la banda a nivel latinoamericano. Además de álbum, Ruido Blanco se convertiría en un documental de poco menos de una hora donde se acompaña a los tres integrantes en su gira latinoamericana. Al respecto la voz del mismo documental, Alfredo Lois, nos narra y presenta el logro de la banda: «Las cintas grabadas en vivo demuestran lo que todos sospechaban: el disco será un documento perfecto para registrar la más vertiginosa gira encarada por una banda de rock al sur del Río Grande y al norte de Ushuaia.» (Ruido Blanco, 50:00). Como principio metodológico nunca hay creerle al entusiasta o al vendedor en la primera alusión del proyecto del que forma parte. Seguramente hace falta una reconstrucción crítica del rock latinoamericano en su proyección mercantil, especificidad lírica y sonora, pero por el momento el documental Ruido Blanco nos abre una ventana de cómo se veía a sí mismo Soda Stereo para 1987.

 

Empecemos por quienes conformaban la banda, jóvenes capitalinos de una de las urbes más grandes de América Latina, con una tradición de recepción migrante – italiana, entre otras – que ha repercutido en pensarse como nueva frontera, unida quasi de manera umbilical al terruño de sus antepasados europeos. De ascendencia italiana, los integrantes de Soda eran hijos de profesionales o músicos asalariados. Gustavo Adrián Cerati, Carlos Alberto Ficicchia Gigliotti (Charly Alberti), Hector Pedro Juan Bosio Bertolotti (Zeta) contaban para 1987 con 28, 24 y 28 años respectivamente. Soda Stereo puede conceptualizarse como una de las bandas del nuevo régimen, de la caída de la dictadura militar. Es impensable Soda Stereo como grupo de alcance latinoamericano sin la apertura mercantil, la transición hacia nuevas “democracias de consumo” y una juventud de estudiantes – pequeños propietarios urbanos – con un horizonte confuso y desdibujado de lo político. En América Latina los distintos regímenes habían combatido toda una generación de jóvenes revolucionarios desde la década de los sesentas. En México, para 1986, se había iniciado una reforma neoliberal que intentaría destruir la Constitución de 1917 respecto la propiedad ejidal y los recursos energéticos. Dicho de otra manera,  comenzaba la destrucción del Estado cardenista de 1940. En las selvas del Ixcán, Guatemala, a finales de 1987, el Ejército nacional lanzaba una infructuosa campaña de ofensiva final contra las Comunidades de Población en Resistencia mientras, bajo la fachada de un gobierno civil se iniciaban los procesos de privatización masiva. En Chile se anunciaba el proceso de plebiscito sobre la continuidad del golpista general Augusto Pinochet, ganando el “no” en el referéndum de 1988.

 

Sería en este país, en febrero de 1987, donde Soda Stereo iniciaría la gira latinoamericana que los llevaría por Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, Costa Rica y México. En el Festival Viña del Mar, en Chile, serían ovacionados por la misma juventud que meses después votaría contra el mandatario Pinochet y su régimen militar. Sin duda un triunfo en la transición pero, cabe destacar, sería la misma generación que experimentaría una terrible oleada de incitación al consumo desde los espacios abiertos luego de la dictadura. El presentador de Viña del Mar, Antonio Vodanovic, sería la voz del anuncio mercantil de Soda Stereo: «¡Muchachos modernos, peinados modernos, vestimentas modernas, canciones modernas! Esta noche Sobredosis de Televisión y estamos llenos de Vitaminas, ese si es un buen Signo. Ahora sí los mayores perdón pero esto no es Nada Personal. Gustavo, Charly y Zeta, un sonido espectacular para decirles que en Viña del Mar comenzamos cantando y bailando. Señoras y señores, del rock que nació en Argentina y ya trascendió las fronteras de América: sonido reggae, ska y ritmos de rock.» (Ruido Blanco, 2:45). Sin duda Soda Stereo fue movido por esas mismas redes que con el paso del tiempo irían criticando ellos mismos: el vaciamiento de las experiencias juveniles y amorosas por la banalización mercantil de sus actos, su conversión en momentos de intercambio.

 

Pero no solo era el presentador Vodanovic el que creaba la imagen de un Soda Stereo del consumo. Los mismos músicos que hacían de sus peinados y maquillajes un atrevimiento al régimen de control del pasado ahora, en las circunstancias de la democratización mercantil, el atrevimiento se volvía conciencia del marketing. Una cita que se suele usar mucho de Cerati en este contexto es la siguiente, sin duda interesante: «Tocamos muchísimo en el circuito de discotecas,y cuando entrás ahí tenés un ritmo infernal, pero ganás plata. Viajamos mucho al exterior y exportamos a otros países, como quería [el presidente Raúl]Alfonsín [risas]». El mismo director de Ruido Blanco, Lois, advierte que Soda Stereo era un fenómeno que entraba por el gusto de los hijos para terminar en el ritmo de los pies de sus padres, sin nombrar de su bolsillo: «Los padres miran impresionados la euforia de sus hijos y se descubren siguiendo con el pie el ritmo de las canciones de Soda. Los hijos consumen durante los primeros tres meses de 1987 más de medio millón de dólares en discos, cassettes y entradas para conciertos del grupo.» (Ruido Blanco, 11:50). Soda Stereo era rentable como producto de exportación argentino – bastante retardado para las otroras condiciones peronistas – y, sobre todo, como contabilidad de divisas en conciertos y discos. Soda pudo haber sido una de las últimas exportaciones argentinas bajo las condiciones productivas de los sesentas y setentas, en una niñez formada en la dictadura y en experiencias laborales mercantiles e incluso de servicio militar. En todo caso la sociedad argentina estaría entrando en la traumática experiencia de glamour y expropiación capitalista desde el Consenso de Washington. Alfonsín era tan necesario a Menem como lo sería Vodanovic para el Chile neoliberal.

 

Si nos atenemos a la realización del documental Ruido Blanco, Soda Stereo era presentada como una especie de fuerza civilizatoria, de conquista incluso, no solo de records de ventas sino de distribución radial y cultural. En ese sentido su video Cuando pase el temblor, de 1985, vaticinaba la gira de Ruido Blanco de 1987: los capitalinos llevando la música a países de raigambre colonial con un urbanismo mestizo basado en la subordinación estamental de los pueblos indígenas. Lo que encontraron en las ruinas de Jujuy, Argentina, lo llevarían como fuerza civilizacional – como lo plantea críticamente Marx en los Grundrisse – en las plazas de toros de Perú, Ecuador y Colombia. De este último país incluso Lois comenta la conquista en términos de desplazamiento de la música autóctona: «Atrás queda el tímido debut del 86 cuando los Soda se presentaron en una pequeña y mal iluminada discoteca de Bogotá. Las radios colombianas interrumpen sus seguidillas de cumbias y de salsas para hacer un nuevo lugar al lenguaje de Persiana Americana y Sobredosis de Tv. Con eso se pulveriza la tibia resistencia que aún quedaba hacia el rock. Se habla de un antes y un después de Soda Stereo. Una semana después, en Venezuela, sigue el Temblor. La música de Soda Stereo derriba las mismas estructuras sociomusicales que en Colombia, acaparando espacio en las poderosas radiodifusoras locales.» (Ruido Blanco, 41:30). Lois nos habla de la pulverización de las seguidillas de cumbias y salsas, derribando nada menos que estructuras sociomusicales. Visto en perspectiva pareciera un mercadólogo del Consenso de Washington comentando los éxitos de McDonalds o Pepsi Cola en la apaciguada Latinoamérica. Es, sin duda, el lenguaje mercantil que aprendió a hablar Soda Stereo en un mundo que fue solo “vana ilusión”. Las condiciones del estallido de lo juvenil contra lo autoritario poco a poco pasarían a estabilizarse, una nueva desilusión – incomprendida, resentida, dosificada – estaría preparándose en el futuro próximo, en los noventas. Aún así esa música en Cerati todavía alertaba: «¿Cómo salir de la Caja Negra?» (Ruido Blanco, 30:40).

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Sergio Palencia

Sociólogo. Considero importante repensar la memoria histórica desde las heridas y luchas del presente, en distintos contextos. El horizonte de la esperanza, en regiones como Centroamérica y México, debe rastrearse a partir de un conocimiento crítico del pasado y su legado como lucha, aún abierta

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