Semos shutes

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Desde que aprendí a llorar no lo he olvidado, a veces es la única vía que me ayuda a mantener aquel recuerdo de la Guatemala que dejé. Sé que cuando regrese la encontraré diferente, la asumo mejor en algunos aspectos y peor, mucho peor, en otros. Fotografía de un recuerdo que vive conmigo del otro lado del muro.

He visto como nos rebotan en la cara aquel argumento irónico que dice: “Ni vivís en Guatemala”. Es cierto y hasta válido, no es fácil vivir allá, me atrevo a decir que es un infierno, no para todos por supuesto, pero sin miedo a generalizar diría que la población se siente desprotegida y paralizada.

Trato de no hablar por todos, a pesar de que muchos cabemos en este saco, por lo tanto es inevitable tocar temas personales cuando explicamos la razón del exilio. Varían las razones y los lazos que nos unen a la tierra, entre ellas somos pequeños tallos arrancados del árbol familiar, se envían remesas y muchas familias dependen de nosotros (en gran parte) para poder subsistir. Quizá por eso nos duele tanto sentirnos apátridas, sentimiento acentuado cuando evaden nuestros debates o invalidan nuestras opiniones.

Algunos, es cierto, tomaron la decisión y alegremente abandonaron el terruño, a otros les tocó bailar con la más fea, su vida cambió en minutos y la única solución fue salir corriendo sin deberla, porque a pesar de que el refrán popular dice: “En algo andaba metido”, esto no se cumple cuando se trata de vivir en un país tan desigual.

Pedimos entonces que no nos quiten la tierra donde enterramos el ombligo, aunque lo neguemos, aquí entre nos les cuento que no somos bien aceptados en el país donde vivimos, a diario luchamos con el idioma, con las costumbres y algunas veces nos niegan el derecho de realizar tareas dignas porque nos encuentran muy morenos para entrar en las ligas de la blancura. No, no es una queja, es una realidad.

Bah, no niego que tenemos acceso a cosas impensables cuando vivíamos allá, que caminamos más confiados en la calle, que a fuerza de necesidad navegamos hacia adentro y hemos sacado nuestros talentos, pero seguimos presumiendo la marca “GT” que sacamos celosos cuando nos confunden con mexicanos o nos dicen hispanos. Como quién no quiere la cosa no soltamos nuestro pedacito de tierra entre el ombligo.

En nuestro almanaque seguimos respetando los feriados, somos una comunidad individual. Así de pendientes estamos y por eso mismo opinamos y vamos a seguir haciéndolo a manera de compromiso. Del mismo modo tomamos del cáliz aquello que funge como sagrado, es decir, la sangre de nuestros muertos. Nosotros también la sufrimos.

Parece que nos burlamos y presumimos, pero si se abre un hoyo en cualquier carretera caemos ahí en la metamorfosis de la ciudad del futuro cada vez más astuta tragándonos de a poquitos, porque al final todos cabemos en ese hoyo, de lejos o de cerca.

A estas alturas el atrevimiento es descarado, rechazamos el sello fronterizo de: “Ni de aquí ni de allá”, eso dejémoslo para los comediantes, –nos decimos entre dientes– mientras sentimos ese dolorcito del rechazo.

Valientes y tres veces benditos sean ustedes que viven allá, que dan la cara sin máscara a la delincuencia que se ejerce desde las altas esferas, claro que lo reconocemos, no somos tan tontos para saber que se necesita mucho amor para sobrevivir en un país donde te matan hasta por ver la salida del Sol. Si desde aquí les puedo mandar un mensaje que sea de apoyo es que si algún día necesitan que la comunidad guatemalteca agrupada en diferentes países llegara a tener un poco de poder, tengan la seguridad de que haríamos algo por Guatemala. Por supuesto que sí.

Mientras Guatemala se traga cuanta esperanza revive, el compromiso de nosotros los hijos desperdigados sigue siendo mayor, que no se nos suban los humos, que no caminemos como garzas tocadas por la divinidad porque de lo único que podemos presumir es que hemos tenido mejor suerte que aquellos que quedaron tirados en un desierto, ejecutados por un tribunal deshonesto, a merced de la prostitución y tantas cosas injustas que pasan los que buscan una vida mejor.

Y firmo esto para pertenecer a aquellos que ni viven allá pero que sienten el compromiso de meter sus narices donde han sido moralmente llamados.

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About Author

Brenda Marcos

Nací en la ciudad de Guatemala, emigré a Estados Unidos. Por ahora estudio y trabajo para obtener mi licencia como maestra de lenguaje de señas. Estoy sentada junto al camino que conduce al sueño americano, quizá un día me levante y siga a otros que he visto pasar. Contribuyo escribiendo mis observaciones y me hago los quites con el racismo que pega tan duro por estos lados.

5 comentarios

  1. Gabriela

    Brenda,
    Este es un texto bien sentido, vos. Las lejanías se quedan cortas cuando vivís, viviste, sabés qué es Guatemala, cuando sabés cómo se vive acá. Cuando realmente sabés de qué estas hablando. Supongo que verlo desde afuera y no vivr entre tanta mierda, las cosas se ven hasta peores, aunque nadie nos lo diga… pues, así de frente.

    Pero hay algo que se siente y es lo que se rescata: no estamos solos, al final de cuentas.

    un abrazo mano, bien largo y ancho.

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