Ser auténtico en sociedad. Extemporáneo sobre “Desfile de antifaces”

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Lo que soy yo mismo no puedo verlo
lo que veas de mí, no puedo esconderlo
ni siquiera cargo con mi armadura
el que pueda herirme hallará en mi hechura
sangre mestiza sin condición,
que mantiene abierto mi corazón.
Fernando Delgadillo.

La autenticidad, entendida como la posibilidad de ser y mostrarse como realmente se es, sin disfraz o armadura, es un problema realmente complejo. Desde la sentencia nietzscheana de que lo más profundo ama la máscara hasta la experiencia de la vida cotidiana donde interpretamos diversos papeles y la complejidad del cambio permanente y sus relaciones con cualquier supuesta “esencia”, se encuentran diversas dificultades al hecho de ser uno mismo.

En efecto, ¿qué es lo verdaderamente auténtico en nosotros? Desde el nombre, pasando por el lenguaje y la identidad más profunda compuesta de las relaciones primarias con nuestros padres, buena parte de lo que somos se lo debemos a los demás y cambia, estratégicamente, al relacionarnos con los otros.

Por iniciar en algún lugar, se tiene que considerar que lo que la persona dice en sus interacciones habituales con los demás, pese a lo importante que pueda ser, no necesariamente concuerda con su experiencia. Un ejemplo banal pero que señala el punto, sería la respuesta “bien” que usualmente se da frente al ¿Cómo estás? del saludo.

Las relaciones pueden ser lo suficientemente epidérmicas (usualmente lo son) para que ese “bien” baste. Alguien sin embargo, puede responder otra cosa, un “mal” u otra respuesta inusual y esto bastaría para que la interacción tomara otro rumbo; probablemente quien preguntó no se sienta con muchas ganas de seguir hablando con el atarantado que no contestó como se espera. Ser honesto puede ser una buena forma de romper las relaciones con los demás o, por lo menos, dificultarlas.

Alguien podría objetar que este ejemplo en realidad no es significativo. Al fin y al cabo, son formas usuales de aceitar las relaciones y que estas transcurran sin dificultad. Pero en realidad, esta pequeña transacción nos pone sobre aviso por varias razones.

Primero, porque existen fuertes expectativas y reglas que deben ser cumplidas para poder llevar normalmente las relaciones sociales. Esto limita las posibilidades comunicativas y la expresión de los sujetos a un nivel, la más de las veces, bastante superficial. No hay crimen aquí, pero puede ser que estas relaciones sean las que se acostumbran y que al final buena parte de nuestras relaciones, incluso las amorosas, transcurran a un nivel bastante epidérmico. Esto significa que ciertos aspectos profundos, de nuestra historia, de nuestros dolores y vergüenzas no salen nunca a la luz (por ello es que los psicólogos pueden tener trabajo…).

Segundo, porque el engaño puede ser más profundo. Puede que ambas personas crean en el “bien” recíproco que se produce al preguntar cómo estamos. Lo que aquí cuenta es que pueden existir pensamientos, sentimientos e incluso sensaciones que no se originan en la propia experiencia sino a través de las expectativas o la mirada de los otros.

Ni qué hablar sobre las dificultades originadas para establecer una comunicación real por condiciones estructurales, propias de la sociedad en que vivimos.

De este actuar con la máscara puesta es de lo que trata la canción de Fernando Delgadillo Desfile de antifaces. El argumento es sencillo. Alguien, quien canta, es invitado a una fiesta de disfraces y se encuentra con que todos los usan diariamente. Es lo normal. Lo que se acostumbra. Ya se llevan como si fueran una segunda piel y nadie se cuestiona sobre ello. De hecho, los disfraces se adornan y se estilizan cada vez más.

Toda la letra podría ser la metáfora de la sociedad que se considera permanentemente atrapada por las máscaras y en la que no se encuentra más que apariencias.

Es interesante (y poético) lo que saca al cantante de su llevar disfraz. Encuentra a una mujer hermosa (“bella como media luna que alumbra el oscurecer”) y se siente impelido a bailar con ella, pero descubrió asustado que nada había más allá de su antifaz. Entonces la luz falsa de la luna, da lugar al amanecer de la comprensión, es decir, de una luz verdadera.

A partir de ello, empieza a buscar a otras personas, como al supuesto amigo, y se da cuenta de que solo él, el cantante, tiene algo detrás del antifaz: el rostro del soñador. Entonces, se quita el antifaz y deja vivir a los demás con sus máscaras, sin ni siquiera molestarlos. Allá ellos.

¿Qué imagen es la que propone la canción de Delgadillo? La canción deja ver una propuesta de humanidad. Frente al uso de antifaces, máscaras y armaduras se propone una vida auténtica. Tan auténtica que se acepta, incluso, la posibilidad de ser herido por los demás. Indirectamente se plantea que la autenticidad puede ser peligrosa porque lo que conocen los demás de uno pueden usarlo en contra de uno. No obstante, se acepta el riesgo de vivir así.

Entre otros problemas al mensaje de la canción se podría señalar, de nuevo, las condiciones estructurales de competencia y violencia que hacen imposible ser auténtico, así como la perspectiva de quienes llevan máscara. Pero de esto se podría hablar en otra ocasión.

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About Author

Mariano González

Psicólogo errante por otros campos y quizás errado. Ha llegado aquí por azares del destino y haber recibido privilegios inmerecidos, como comer los tres tiempos. Perpetra algunos artículos y ensayos. Fascinado con la imagen del ángel de la historia de Walter Benjamin, intenta (sin saber si bien), seguir la exhortación de "pasar por la historia el cepillo a contrapelo".

1 comentario

  1. Engañar a los demás, no es correcto; engañarse uno mismo, es estúpido; engañar al Jefe, imposible. Bonito artículo

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