“Si no le gusta, bájese”

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yoPor Wiliam Ajanel

Uno no puede llamarse a sí mismo ciudadano de un país tropical, si no ha tenido la experiencia de andar en autobús. Utilizar el transporte colectivo urbano en Guatemala, es sin duda una de las experiencias más coloridas y exóticas que puede existir. La de historias que ocurren dentro de esos latones rojos, oxidados, con olor a miedo y emanaciones humanas, no tiene fin. Se unen todos los males del urbanismo y se barajan una cantidad interesante de sueños rotos y micro tragedias. He visto lo mejor y lo peor del ser humano manifestarse ahí, en medio de la incertidumbre que lo acongoja, mientras avanzan a velocidades irracionales. No me alcanzaría un libro para relatar las cosas que ahí se ven (o quizá sí).

Pero la referencia es necesaria, porque dentro del protocolo y vocabulario de la mayoría de choferes de autobús (con sus respectivos ayudantes) hay una frase muy recurrente que enmarca a la perfección la idiosincrasia del “chapín promedio”. Ya les cuento, un día, iba de regreso a casa y había una cola enorme en la estación del TransMetro que suelo abordar (ahí he dejado unos buenos ratos de mi vida que no volverán) así que, decidí aventurarme en un latón de esos rojos. Lo vi de reojo y me pareció una alternativa viable porque, encima, el cielo estaba a punto de caerse y yo sin paraguas. Con la típica acrobacia de saltar al bus en movimiento, me logré colocar en la segunda grada del mismo, que iba como alma que lleva el diablo (siempre quise escribir esta frase en algún artículo, me siento realizado).

En fin, llega el punto en el que el esos mentados autobuses ya no pueden sino anticipar una tragedia en movimiento, entre frenazos y arrancones desquiciados, es difícil conservar el equilibrio, especialmente si eres una señora de unos buenos años ya, y los tobillos debilitados por una vida dura, y cargando un par de bolsas grandes. La escena es preocupante, la anciana no alcanza los agarradores (sí, el tubo ese oxidado del que se sostiene uno al techo del autobús) y le es difícil sostener sus bolsas sin perder el equilibrio. Cabe mencionar que en un autobús tan lleno, queda poco espacio para nada, incluso para los buenos modales de ceder el asiento a una anciana. Pero a la señora le pudo la desesperación y la angustia, y en un arranque de miedo y frustración soltó un audible y desesperado: “¡Señor, por favor, tenga cuidado, no sea salvaje para manejar!”.

“¡Si no le gusta, bájese señora!” replicó el chofer, con esa prepotencia que caracteriza a quien se cree dueño de algo, o de todo. Mientras una señora, también de avanzada edad, pero en apariencia más fuerte, cedía su lugar a la anciana, que con indignación y frustración, balbuceaba todo tipo de quejas y maldiciones hacia el inconsciente chofer, quien no hizo más que limitarse a subir el volumen al ya desagradable sonido de la radio. Y qué podíamos hacer los tres pelones que nos indignamos junto con la señora, con semejante invitación a bajarse en medio del tráfico y la lluvia, con la seguridad de que apenas nos bajáramos de la unidad aceleraría de nuevo dejando un rastro de impotencia y enojo.

No tuve tiempo ni las fuerzas de explicarle al piloto, que aunque entendía su afán por apresurar el paso, para de cualquier manera ir a pararse quince minutos a la próxima estación, habían cosas que estaban por encima de su prisa, como la condescendencia, la prudencia, el buen servicio, el hecho de que la empresa para la que trabaja recibe una jugosa subvención del erario público para financiar el pésimo servicio que su jefe o el dueño de la flotilla brinda a través de esos autobuses que se sostienen por obra de magia, casi retando toda ley de la física. Ahí me quedé yo con mis ganas de decirle que él también es víctima de ese sistema que nos invita a callarnos cuando algo no está bien, como se dice comúnmente, a hacernos “sho” si algo no nos parece; a bajarnos del autobús si no nos gusta, a que nos vayamos del país si no nos gusta, a que le cambiemos al canal si no nos gusta, a que no critiquemos si no nos gusta. Con el lujo de perpetuar todo aquello que es condenable, pero que qué mal que piensen que somos unos “peleoneros”.

Desde luego, al bajar tuve la sensación de poder haber hecho más, de no sentirme tan inútil e impotente, pero no solo por el incidente de la señora, sino por la cotidianidad que nos envuelve en ese manto de indolencia, por la costumbre de agacharnos y apenas balbucear cuando algo no nos parece. Por ese plato mal servido en un restaurante, por la mala actitud de algún agente de “servicio al cliente” de algún banco, por esa patética costumbre de dar mejor trato a alguien por su apariencia o su apellido, por esos servidores públicos que se convierten en tiranos atrincherados detrás de su escritorio. Porque en una sociedad en donde algunos servidores piensan que nos hacen un favor con atendernos, es necesario recordar a quiénes se deben y la importancia del respeto mutuo.

Que se aproxime el día en que dejemos de satanizar las quejas o las críticas justificadas, no nos bajemos del autobús.

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About Author

Wiliam Ajanel

Discípulo de la normalidad y el perfil bajo. Aprendí a escribir por necesidad, más que por gusto. Estudié mercadotecnia y me gusta la informática; la academia me hizo una persona necia y la vida, un poco cínico. Mi rebelión tiene que ver con intentar ser feliz.

1 comentario

  1. Peleamos y exigimos mejoras a la calidad de vida, mejores salarios, mejores servicios, mejor calidad de vida, pero nadie, nunca, exige dar lo mejor de si para cambiar las diversas situaciones. Criticamos y criticamos y no mejoramos personalmente.

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