Somos un desastre

0

Todos los años, desde que tengo memoria, la lluvia ha provocado reacciones ambivalentes en este país. Siendo eminentemente agrícolas, y sin tecnología, la época lluviosa es importante para la agricultura; pero en países tropicales el aguacero también trae desastres. Los mismos agricultores sufren cuando la precipitación excede a las necesidades, porque echa a perder los cultivos.

La desigual distribución de la riqueza y de la tierra ha provocado que las mayorías no tengan acceso a un terreno mínimo para construir sus viviendas, mientras que en pocas manos se concentran grandes extensiones. El déficit habitacional se ha incrementado en la medida que la población ha crecido y las personas se ven obligadas a buscar un lugar en donde sus posibilidades lo permiten, casi siempre en laderas, fondos de barrancos o lugares de riesgo; lugares que alguien con la suficiente capacidad económica no escogería para vivir. Sucede en todo el país, no solo en las afueras de la capital, acceder a un terreno que garantice la seguridad mínima está reservado para pocos.

En este país las lluvias y los terremotos son los principales detonantes de las tragedias, desastres naturales les llaman, pero nada hay de natural en que la gente muera a causa de habitar lugares de riesgo. El agua o el temblor solo evidencian que la desigualdad pone en peligro la vida de quienes no tienen acceso a vivienda digna.

La corrupción generalizada en el sistema facilita que se oferten terrenos en lugares no aptos para ser habitados, empresarios y funcionarios manipulan las leyes a su favor y se aprovechan de la necesidad de vivienda popular. Basta echar un vistazo a los cerros y barrancos cercanos a la ciudad, para ver que hay casas hasta en los lugares menos imaginados. Muchas de esas casas son producto de la invasión de terrenos, pero la invasión es provocada por la necesidad y porque, al final, son los pocos espacios que las mayorías de escasos recursos pueden adquirir.

Pero no solo las personas que viven debajo de la línea de pobreza son víctimas, también muchos que pertenecen a las capas medias adquieren casas en “condominios” construidos sobre rellenos y terrenos no aptos y con el tiempo se tornan inhabitables.

Los sismos y la lluvia suceden de manera recurrente en el territorio nacional y con ellos vienen los desastres y la pérdida de vidas humanas.

Se sabe que mucha gente vive en zonas de riesgo y correspondería al Estado tener políticas, basadas en ley, que tiendan a minimizar el peligro. Pero al sistema corrupto no le interesa, para funcionarios y empresarios lo importante es obtener beneficios, la pérdida de vidas es solo daño colateral. De todas formas el andamiaje legal les garantiza impunidad, entonces pueden lucrar con la necesidad de las personas. De igual forma se sabe el comportamiento que tendrá la temporada de lluvias, pero nada se hace para prevenir. Jamás se escucha que hubo evacuaciones previas a la llegada de una tormenta tropical. Apenas se reacciona cuando llega la tragedia.

Cada año, la lluvia hace destrozos y deja ver que como país, Estado y sistema somos un desastre.

Share.

About Author

Fernando Ramos

Me he ganado la vida desempeñando la prosaica profesión de la contabilidad y la auditoría; sí, soy de esos tipos cuadrados a quienes todo mundo teme, porque encuentran descuadres y faltantes. Pero también escribo poesía, y otras cosas por ahí; de eso trata este espacio, de las cuentas que hago con las palabras.

Leave A Reply