Sonreírle al miedo

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Como muchos de mis contemporáneos – y también de mis antepasados– sostengo una relación de amor/odio con mi automóvil. Es ese tipo de cosas de las que en ocasiones quisiera prescindir, pero me veo obligado a conservar para tareas que considero importantes. A veces pienso que el automóvil tomó consciencia y armó un complot en mi contra para arruinarse en los momentos menos oportunos, pero qué sabré yo de esas cosas, si no tengo la imaginación o la enfermedad que padece Michael Bay.

Odio reconocerlo, pero carecer de un vehículo para movilizarme me hace sentir casi inútil, es por eso que la frustración que me ocasiona cuando algo le falla es equiparable a enfermarme o algo peor. Y no es una molestia infundada, la verdad es que vivo en un lugar donde no pasan buses con frecuencia y a ciertas horas es sencillamente inquietante caminar, les prometo que no es el pequeño hombre holgazán y sedentario hablando por mí.

Las últimas veces que tuve problemas de este tipo decidí no molestarme más, “vamos a verle el lado bueno” se me ocurrió, no sé si por la misma frustración o porque estuve expuesto a alguna de las miles de frases motivacionales que pululan en las redes sociales. El tema es que decidí que podía sacar algo bueno de quedarme sin auto y así fue. Más oxígeno que respirar, sentir el viento correr entre mis manos, contemplar la naturaleza y ejercitar, de paso, un poco las piernas. Hay que darle mérito al hecho de no sentirse encerrado en una burbuja andante.

Cuando es de día, todo bien, hasta he logrado experimentar cierto grado de libertad, no es lo mismo estar pendiente de un vehículo que desentenderse del mundo y dejar que sea otro pobre diablo el que tenga que lidiar con las tribulaciones del tráfico y demás. Sin embargo, no dejo de sentir cierta incertidumbre cuando es hora de volver a casa, cuando oscurece. Me incomoda situarme en esa calle poco transitada, que encima carece de la más elemental iluminación, me siento de cinco años de nuevo, temiendo al monstruo debajo de la cama, pero esta vez, el monstruo podría tener rostro y antecedentes penales.

Y la encuentro ahí, una pequeña cuesta, donde la oscuridad se mezcla con los sonidos discretos pero inquietantes de la noche, una callecita de nada, un par de riachuelos de aguas negras que corren a los lados y un eventual automóvil que pasa a velocidad importante. Escucho mis pasos y miro mi sombra, trato de parecer tranquilo, ningún adulto que se precie puede andar por la vida caminando nervioso por una calle oscura. Y de pronto se rompe el sonido ambiente, unas ramas que crujen entre los matorrales me alertan del peligro, y empieza a pasar la película de mi vida frente a mis ojos. Sostengo la respiración y aligero el paso, mientras me pregunto a dónde rayos voy a correr, si todo es tan lejano. Me entrego a la suerte, no hay más qué pensar y solo me queda ser dócil y sabio, comienzo con resignación a buscar mi teléfono y la billetera, no es bueno enfadar a un delincuente.

Y de pronto aparece la causa de los tres micro-infartos que tuve en esos casi treinta segundos, aparece y casi no doy crédito a mis ojos: una rata del tamaño de un perro Schnauzer. Sin sentir, comienzo a dar de zancadas para salir huyendo, pero recuerdo que soy un hombre adulto y me comporto como tal, corrijo el paso, me acomodo la mochila y sonrío. Sonrío porque el peligro esta noche se disfrazó de roedor, sonrío porque me repugna saber que existen ratas del tamaño de un perro pequeño, sonrío porque sentí un aire de vida circulando en mis venas, sonrío, porque el miedo me tomó de la mano y me hizo una broma. Sonrío, porque en casa hay una mujer maravillosa esperando por mí, y esta vez, pude llegar y abrazarla; esta vez, pasé un momento gracioso, esta vez pude sonreírle al miedo.

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About Author

Wiliam Ajanel

Discípulo de la normalidad y el perfil bajo. Aprendí a escribir por necesidad, más que por gusto. Estudié mercadotecnia y me gusta la informática; la academia me hizo una persona necia y la vida, un poco cínico. Mi rebelión tiene que ver con intentar ser feliz.

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