Suerte perra

1

Nunca he tenido nada en contra de los perros, pero he llegado a la conclusión de que ellos sí la tienen contra mí. La conclusión no es gratuita. Sucede que he sido mordido en tres diferentes oportunidades por algún canino. No puedo presumir que hayan sido mis mejores amigos y juro que nunca les he hecho nada, ni siquiera cuando me mordieron, solo salí corriendo tratando de no ser alcanzado por otra dentellada (“Para qué corriste, por eso te mordieron”, me dijeron algunos).

Debo haber tenido unos 15 años cuando fui mordido por última vez, ya hace mucho de eso, pero desde entonces me atengo a que más vale prevenir que lamentar; dicen que los perros huelen el miedo y mejor no me arriesgo.

Voy a contarles de cuando fui mordido por segunda vez.

Era de noche y pasaba por un lugar sin luz, bien oscuro estaba, iba despreocupado, como cualquier niño de 13 años al que sus papás enviaron a la tienda a comprar algo para la cena: el café, unos huevos, el pan, las tortillas, cualquiera de esas cosas que escasean en el momento justo en el que la mamá se dispone a preparar la comida y el primer güiro que está a la mano recibe la orden de ir a comprar, seguido del respectivo: “Pero ahí te apurás pues patojo”.

Salí corriendo para la tienda, el viaje de ida había que aprovecharlo para ganar tiempo, porque ya de regreso no era aconsejable correr, pues el riesgo de tropezar y botar el mandado era alto y ahí sí que no se salvaba uno de la buena cinchaceada. Como una de tantas veces que me mandaron a comprar gas keroseno, para lo que se utilizaba un envase de aceite “Ideal”, de un galón, unos de vidrio que eran muy útiles, y por regresar corriendo me tropecé, el recipiente se quebró y caí encima de los pedazos, el resultado fue dos heridas en el brazo derecho, una de ellas necesitó como 20 puntos de sutura, pero lo único en lo que pensaba era que mi mamá me iba a pegar por haber derramado el galón de gas. No me pegaron, solo llamaron a los bomberos y me llevaron al hospital Roosevelt y ahí me cosieron las heridas, vaya que no me hicieron puntadas de esas que llaman “diente de perro”.

La noche que me mordió el perro yo iba despacio, con las cosas del mandado bien agarradas. Fue en una esquina que tuve la mala suerte de machucar a uno callejero que estaba ahí echado, sin molestar a nadie, pero como me paré encima de él su reacción fue darme una mordida en la pantorrilla. La mía fue agarrar las cosas de la compra con todas mis fuerzas, porque no quería botarlas en la carrera que vendría a continuación, ni mucho dolor sentí, salí corriendo como que fuera Forrest Gump, para escapar y evitar que el perro siguiera mordiéndome.

La herida fue profunda, todavía tengo la cicatriz, pero primero entregué el encargo y después fui a buscar alcohol y metafen para curarla. No quise avisar que el perro me había mordido, porque quería evitar la regañada, pero como los hermanos nunca desaprovechan una oportunidad para dar el chisme, en cuanto se dieron cuenta fueron a dar la queja a mis papás.

“Ahí te echás bastante metafen y mañana tempranito vas a ‘Sanindad’ para decir que un perro te mordió”. Se supone que en “Sanidad Pública” uno iba a dar la queja y ellos se dirigían al lugar de los hechos a ubicar al perro con el objetivo de determinar si tenía o no rabia y proceder a poner las vacunas respectivas al sujeto mordido.

Es obvio que el perro no tenía rabia, afortunadamente para mí (aunque quién sabe si no es de ahí que proviene ese mal carácter que me es atribuido), de lo contrario no lo estaría contando, pero siempre que recuerdo esta historia me río por no llorar.

Resulta que con la ingenuidad que se tiene a los 13 años me fui a “Sanidad pública”, en donde me atendieron amablemente y tomaron nota de mi denuncia: Fíjese que un perro que estaba en la esquina tal, más o menos en la dirección tal, estaba oscuro y no pude ver de qué raza o color era, pero de plano es un chucho que se mantiene por ahí siempre, porque estaba como dormido cuando me pare encima y yo solo sentí que chilló, pero después me pegó la gran mordida, aquí mire, aquí me mordió, todavía se ve la marca de los dientes, y por eso vine, porque mi papá me dijo que ustedes tenían que ir a buscarlo para ver si tiene rabia y saber si es necesario que me pongan las inyecciones en el ombligo. “Mmm, ta’bueno patojo, venite en tres días, nosotros vamos a ir a buscar al perro”, dijo el señor que me atendió.

Regresé a los tres días y el mismo señor que me atendió antes dijo: “No te preocupés vos patojo, fuimos a buscar al perro y no tiene rabia, decile a tus papás que no tengan pena”. Recibí la noticia y me fui contento para la casa, porque no tendrían que inyectarme (al menos no me pasó como al Chavo del 8, que tuvieron que bañarlo porque el perro que lo mordió se murió de una infección en el hocico).

Con el paso del tiempo entendí que el tipo de “Sanidad pública” jamás fue a buscar al perro, ¿cómo iba a ubicarlo?, en todo caso. Pero los hechos quedaron para la anécdota y así se las conté, sin más pretensión que narrar un episodio que me parece tragicómico.

Share.

About Author

Fernando Ramos

Me he ganado la vida desempeñando la prosaica profesión de la contabilidad y la auditoría; sí, soy de esos tipos cuadrados a quienes todo mundo teme, porque encuentran descuadres y faltantes. Pero también escribo poesía, y otras cosas por ahí; de eso trata este espacio, de las cuentas que hago con las palabras.

1 comentario

  1. Juan Carlos Quemé on

    Ameno relato Fernando.
    Soy Fan de tus tuits y ahora voy con tus notas aquí en el Salmón.
    Saludos desde Xela

Leave A Reply