¡Tecnología para todos!

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La “tecnología” como término paraguas para referirse a ese conjunto de herramientas que nos permiten platicar de forma tan casual por este espacio virtual de ustedes, que nos han dado una vida más cómoda, más productiva, más feliz (fitter, happier, more productive en palabras de Radiohead) sin duda ha cobrado relevancia en los últimos años como plataforma educativa y cívica. El clictivismo (el activismo por clics del ratón en la computadora) está en pleno auge y está generando sus primeros resultados reales, son palpables. Ojalá fuera así para todos ¿no cree? Seríamos invencibles.

En el caso de Guatemala es bastante ilusorio asumir que es una sociedad tecnológica cuando no se ha logrado un estado de bienestar que permita al grueso de la población adquirir y utilizar tecnología de forma adecuada. Claro, si reducimos la muestra a la población urbana que no vive en la pobreza probablemente sí, pero no viene al caso; vivimos a pocos kilómetros –hombro con hombro– de un número elevado de personas que no tienen acceso a un teléfono inteligente y menos aún al Internet. La cobertura celular no lo es todo como ya se ha discutido en otras ocasiones, en un país que tiene más suscriptores de telefonía móvil que habitantes se desconoce cuántos de ellos son teléfonos inteligentes, cuántos tienen servicio de datos activo y si existe una diferencia entre dichos hábitos entre las poblaciones rural y urbana.

El uso asimétrico de la informática se llama brecha digital (Digital Divide, Pippa Norris) que de darse solo magnifica la desigualdad en una sociedad y refuerza el modelo de comunicación tradicional “de arriba hacia abajo” dejando la idea del acceso horizontal e igualitario a la información a través del Internet en una mera utopía. La brecha digital solo contribuye al crecimiento de la ya existente brecha socioeconómica donde algunos tienen acceso a mejores recursos educativos y oportunidades y otros quedan estancados porque no pueden costearlos o no saben utilizarlos. Potenciales iniciativas como un gobierno electrónico o un sistema educativo que haga fuerte uso de tecnologías informáticas sin una base adecuada que garantice el acceso generalizado a dichos recursos sería una receta para el desastre, para ahondar la desigualdad.

A pesar de que la brecha tecnológica en Guatemala ha ido reduciéndose en años recientes el hecho es que está entre las más altas de América Latina por el alto porcentaje de población rural. En países industrializados con alta diversidad racial y étnica como EE.UU. la brecha digital es un tema recurrente, los hispanos son el grupo que menos acceso tienen a Internet ligeramente por debajo de los afroamericanos y a pesar de que no hay estudios similares para Guatemala no es descabellado pensar que el componente étnico es importante para definir las diferencias de acceso a las tecnologías de la información.

Con este tema siempre me ha gustado comentar del caso específico de Corea del Sur; de ser un país subdesarrollado metido en una guerra que en la década de los cincuenta era más pobre que Bolivia y Mozambique hoy es más rico que Nueva Zelanda o España con un envidiable ingreso per cápita de casi US$26,000 (Banco Mundial, 2013). Su exponencial crecimiento inició en los años sesenta cuando el dictador Park Chung-hee aplicó políticas específicas de producción enfocadas a exportaciones y un fuerte intervencionismo caracterizado por subsidios y préstamos con tasas bajas de interés para estimular la inversión. Hoy Corea del Sur es una democracia que está entre los líderes no solo de manufactura de componentes electrónicos sino también de investigación y desarrollo con Samsung como perfecto ejemplo. Por supuesto que todo esto sucedió bajo circunstancias muy específicas del país y la época, no toda enfermedad se cura con el mismo remedio, pero quiero hacer énfasis en que también está muy lejos de ser el ideal de libre mercado que se nos quiere vender como el bálsamo mágico que solucionará la economía, o cualquiera en el planeta según dicen. Le dejaré a los economistas la tarea de inventar una solución para Guatemala pero puedo vaticinar que será una receta ad hoc, específica para nuestra composición social, circunstancias geopolíticas y económicas actuales: una combinación única de variables.

Ya establecido el asunto de la desigualdad cabe mencionar que el problema de la información va más allá del simple acceso, también se trata de la producción de la misma: noticias, blogs, tendencias en redes sociales ¿qué sucede cuando todo el contenido es generado por el mismo grupo de gente que vive bajo circunstancias socioeconómicas similares? El discurso nacional queda incompleto sin el punto de vista del resto de grupos que se quedaron sin participar. El clictivismo queda reducido a difundir problemas de un sector específico –la clase media urbana– dejando de lado la mayoría del país como simples objetos de discusión o caridad cuando deberían ser partícipes en sus demandas y toma de decisiones. Además, al impacto de las dimensiones educativa y cívica hay que sumarle la búsqueda de oportunidades laborales, creación de redes de intereses y el entretenimiento.

Para concluir, con respecto al uso de la tecnología como instrumento de cambio social en nuestro caso hay que ser cautos, conscientes. Desde ya es un catalizador importante que al utilizarse como tal y no hacerse bien puede producir cambios que solo benefician a un sector y por el momento es importante incluir esa variable en el diseño de las campañas en línea. El costo y la cobertura de los servicios junto con la capacitación de los usuarios son los vehículos para lograr ese acceso igualitario que sería el primer paso para poder utilizar la tecnología como un medio transformador, de lo contrario su uso solo reforzaría la –ya demasiado marcada– brecha existente.

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About Author

Alejandro Echeverría

Alejandro es ingeniero, tecnólogo, fotógrafo y montañista.

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