Tomar las calles

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LSandovalPor Luis Alberto Ramírez Espada

Panorama general

Hemos visto crecer el disgusto y la repulsa hacia el presidente y la vicepresidenta de la nación, pero lo que en realidad se manifiesta es el asco hacia los dirigentes políticos actuales y el sistema partidario que tenemos. Es decir, respecto a lo que las personas promedio llaman política, en las charlas cotidianas de las infaltables filas que se forman en el IGSS –para acceder a alguno de sus servicios–, dentro del transporte urbano, en el encuentro casual con cualquier otro semejante que esté dispuesto a expresarse y liberarse con la tertulia del momento.

Los guatemaltecos somos propensos a hablar, a querer liberarnos con el lenguaje, aunque siempre existen los censuradores, con su diversidad de nuevos instrumentos como las cámaras de vigilancia, ese Gran Ojo Controlador, que puede ser tan útil como perverso. Cualquier represión nunca alcanza para contener todo lo que quieren censurar, siempre escapa un exceso en algún momento, en algún lugar. ¿Acaso estas manifestaciones son ese exceso? Considero que sí. Que representan un exceso doble. El exceso de avaricia, soberbia, desfachatez, y voracidad con el que la clase política ha vivido durante mucho tiempo a costa de los bienes del Estado, y de nosotros. Y también significa el exceso de burla, decepción, vejamen, abusivez, desilusión, y agresión sufrida por la mayoría de personas, como consecuencia del primer exceso.

La emocionalidad primera

Cuando el presidente expresa que “entendió” el mensaje que clamaba su renuncia, pero no dimite del cargo, o cuando la vicepresidenta expresa que el lago de Amatitlan “no hiede”, (por citar solo dos canalladas) muchos sentimos inmediatamente la sensación de la sangre hirviendo, el hígado supurando bilis, nuestras manos ensimismadas vueltas un puño y nuestra voz (sonora o íntima) incontenible emitiendo improperios semejantes a: “¡Qué mula!”. “¡Estos hijos de…”

Si bien pueden ser terapéuticos, estos improperios no son correctos… aunque si quieren grítenlo, si no le tienen miedo a la mirada inquisidora de nuestro coterráneo cercano por razones precisas.

El o los improperios primeros que origina nuestra emocionalidad son incorrectos, porque si bien la mayoría de las veces, con sus declaraciones parece que los políticos tienen una escaza o limitada capacidad intelectual, con sus actos, con las negociaciones, las dadivas y el repartimiento de bienes, dinero e influencias que realizan, demuestran que no lo son. Son incapacitados morales o éticos, pero no intelectuales. Total como muchos de ellos dicen: “La vergüenza pasa, el pisto se queda”.

El otro improperio emocional que nos brota y con el cual les atribuimos a las putas la maternidad de los políticos, también es incorrecto. Ellas mismas han aclarado en diversas manifestaciones, acá y en otras partes del mundo, que eso no es cierto. Si no lo creen, vayan y pregúntenles. Suficientes estigmas tiene ya las putas como para que encima les estemos echando la culpa de la podredumbre política.

Acto primero

Muchos tenemos la esperanza, de que estas manifestaciones, sean la continuidad activa de la emocionalidad primera. Suficientes y unánimes son las opiniones a favor sobre estas manifestaciones autónomas, no apolíticas. Digo no apolíticas, porque el mensaje reivindicativo, la petición de renuncia hacia los mandatarios, la marcha y toma de las calles, el apropiamiento de la plaza de la constitución o plaza central son actos políticos en sí, porque su fin último es buscar un cambio.

Si existe una movilización posibilitada por la emocionalidad y la animadversión hacia los políticos de turno, y generalizada hacia todos los políticos, esto conlleva ya de por sí cierta intolerancia hacia el propio sistema. No se sabe en qué grado y con qué nivel de conciencia. Pero estas manifestaciones pueden llegar a transformarnos en seres más activos, a movilizaciones diversas por diferentes motivos ¡y vaya que nos sobran motivos para estar inconformes!, algo que seguramente ya fue percibido por los grupos de poder y los censuradores con cierto recelo.

Porque lo que se expresa con estas manifestaciones es un germen de cambio que asusta a estos dinosaurios.

Las manifestaciones demuestran un rompimiento de letargo y adormecimiento del guatemalteco. Son de todos modos, a mi parecer, movimientos urbanos, donde la mayoría de participantes son sobrevivientes de la clase media, con cierto nivel de educación, con acceso a Internet y redes. El motivo, es algo compartido por todos, es homogéneo, pero los que acuden a la cita, a mi parecer, no son todos los actores sociales que deberían estar ahí. De antemano, permítanme equivocarme en esto, aun no siendo así, considero que las manifestaciones han sido un hermoso y bello logro, pero que no son el acto final de esta ópera musical, o no deberían serlo.

No desdeño el movimiento, al contrario, me alegra, me encuentro fascinado, solo por el hecho de que exista ese despertar. Pero también veo sus limitantes. Aún no logramos encausar y conjugar más peticiones. Nuestra manifestación es germinal, tengo esperanza que se convierta en una robusta, inolvidable y majestuosa ceiba, pero honestamente no sé hasta dónde crezca.

Porque hace falta exigir un espacio, exigir reconocimiento, recursos, hace falta que podamos participar del juego. Incluso, lo que les da miedo a los censuradores, hace falta poner en tela de juicio el juego mismo, la cantidad de jugadores, posiblemente una necesidad de fractura, una necesidad de cambio de juego, por otro con algunas reglas nuevas, y otras antiguas, no lo sé. Esta incertidumbre que tengo, es la incertidumbre que le hace roncha a los poderosos. Que como yo, pero por razones y motivos distintos se preguntan si ¿esto es solo un susurro, si se quedara en susurro, si se convertirá en grito, si será un despertar de la palabra plena?

Tomar las calles

Todo tiene su principio, quizás yo me estoy adelantando y preguntando de más en relación al progreso de este gesto social. Lo cierto es, que aunque no nos realicemos preguntas, es necesario realizar el acto primero. Habitar las calles, tomar las calles como tomamos a nuestras parejas. Calzando cada beso y cada paso. Signando la plaza y el sexo para que ya no sean jamás lo mismo.

Tomar las calles, es un gesto supremo de libertad (humana, no “económica”), más hoy que nunca, que sumidos dentro de este modelo social a veces hemos equiparado estas libertades, hemos caído en el discurso dominante de que nuestra libertad depende de nuestro auto, que nos hemos comido el discurso publicitario. Nosotros que hemos despertado de este letargo, y hemos salido de nuestro hogares (algunos no son nuestros, alquilamos, o convivimos con los dueños), nosotros que pagamos el carro, que no es nuestro hasta que terminamos de pagarlo, que pagamos la casa, que no es nuestra hasta que terminamos de pagarla, el celular, que no es nuestro hasta que terminamos de pagarlo.

Nosotros, que vamos comprando esa “libertad” a plazos, quizás sin saberlo del todo, hemos salido a tomar las calles, a tomar la plaza, a tomar la LIBERTAD humana, la DIGNIDAD humana, esa que no venden, esa que no anuncian en la televisión, esa de la que jamás hablan los economistas, porque esa libertad no la venden, no es objeto mercantil de cambio.

Tomemos las calles para poblar la plaza de exigencias contra el sistema político mierda que tenemos. Tomemos las calles, tomemos la plaza para poblarla de esperanza, para no sentirnos solos y desguarnecidos, para vernos a los ojos unos a otros, como cómplices de amor. Tomemos las calles, tomemos la plaza, para retomar el poder de cambio, el poder de decidir realmente. Tomemos las calles, tomemos la plaza, porque nuestro dinero ya lo tienen asegurado, en incomodas cuotas, pero nuestro presente, nuestro futuro, y nuestra propia vida dependen de que tomemos las calles, y tomemos la plaza como se toma un corazón tierno, o una pequeña ave entre las manos, porque es la vida misma la que se nos arrebata, la que debemos recuperar, paso a paso, grito a grito.

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