Trump: el ídolo de la «ugly America»

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Sit down! You weren’t called! Go back to Univision!

Con esas palabras Donald Trump sacó de su conferencia de prensa a Jorge Ramos (de Univisión) que le hizo una pregunta acerca de inmigración. Mientras fingía darle la palabra a otro periodista –porque era evidente su miedo al tema– llamó a seguridad para que sacaran a Ramos de la sala, todo por hacer una pregunta incómoda. Al final Jorge preguntó pero Donald nunca respondió porque su discurso es inexistente y sus «talking points» son despreciables y populistas. El millonario ha encendido un debate que no puede ganar y qué bueno por nosotros.

Este burdo acto de Donald, con un claro subtexto, es un ejemplo más de su estrategia de campaña mediática por la candidatura presidencial republicana en EE.UU. El tipo es la personificación de lo que yo llamo «ugly America», los Estados Unidos feos. Porque hay varios países entramados en las capas que componen esta federación de estados, como en toda sociedad. Existe el país admirado, al que muchos viajan para formar parte de él: trabajador, emprendedor, innovador, lleno de oportunidades, que juega por las reglas, respetuoso del ser humano y la vida, una amalgama de miles de culturas que de alguna manera hermosa parecen interactuar en sincronía como un ballet (sí, es real).

Pero también hay otro país dentro del país: el bocón, estridente, impulsivo, irreflexivo, pretencioso, burdo e ignorante.  Ese lugar con ceguera selectiva que aún cree que es una nación «blanca» y que lo que no es suficientemente pálido puede quedarse bajo la categoría de exótico o debe volver a donde sea que haya salido –no lo saben ni les interesa saber dónde queda–. Ese país que se da el lujo de ver en otra dirección ante los abrumadores números de jóvenes negros que mueren a manos de la policía comparados con los caucásicos, o frente los miles de niños que quedan huérfanos tras las deportaciones masivas de sus padres sin papeles. El que cree que el respeto a otras culturas, a las mujeres y a los no heterosexuales es nada más «corrección política», optativa y hasta bochornosa. Donald se ha encargado de difundir este discurso de odio en la tele, los periódicos y las redes sociales entre aplausos y con toda naturalidad cual redentor de los necios, porque naturalmente su patrimonio de millones de dólares se lo permite.

Los comentarios de apoyo de sus simpatizantes, del tipo «al fin alguien que tiene las agallas de no ser políticamente correcto» explican por qué tanta gente lo sigue y escala en las encuestas. Tiene los medios para decir abiertamente lo que muchos estadounidenses –de los sectores menos educados y conservadores– se tienen que guardar para sí, no porque no tengan la libertad de decirlo sino porque son cosas claramente racistas, misóginas y homofóbicas con las que nadie quiere verse asociado; proyectarse como alguien que carece de buen carácter moral podría costarles mucho porque son valores considerados fundamentales en esta sociedad. Donald puede decirlo todo y más porque no tiene un empleo qué perder y puede darse el lujo de ser despreciable. Y escribo «lujo» porque sí le está costando caro; sigue perdido millonarios contratos y relaciones de negocios mientras más habla.

Volviendo al incidente; la frase con la que se dirige a Sergio “sit down, you weren’t called” rememora el trato de segunda clase que existe para los que «aparentan ser» indocumentados, por muy subjetivo que tal criterio parezca.  Es imposible no ver el paralelismo de ese “go back to Univisión” con el “go back to México” que muchos de la ugly America usan –o quisieran usar– a diario cual escaparate para su resentimiento. Su explicación posterior a otro periodista que lo cuestionó “I didn’t escort him out, you’ll have to talk to security, whoever security is” representa el velo de cinismo que suele avalar ese comportamiento a través del encubrimiento institucional. En esa misma rueda de prensa Donald propuso deportar a los 11 millones de indocumentados que se calcula que hay en EE.UU., un plan imposible que evidencia su ausencia de seriedad y que está allí nada más para entretener con un patético e inmaduro espectáculo mediático. De una forma aparentemente benévola o compasiva, “we’re going to do it in a very humane fashion” (la deportación) denota un tono deshumanizador preocupante, como que no fueran personas con exactamente los mismos derechos que él sino objetos dignos de no más que su compasión.

Aunque sorprenda, a mí como hispano en EE.UU., no me indigna ni me molesta; es más sigo el circo con mucha atención y bajo una luz de optimismo. No todos los días se ventilan estos temas con tal exposición mediática, suelen vivir por décadas en el subtexto bajo capas y capas de gestos condescendientes de poco alcance que solo buscan maquillar el problema. Ahora, gracias a él más gente está hablando del racismo y la misoginia que sigue existiendo a todas luces en todas las capas e instituciones de los EE.UU. a pesar de que no hay ley que los respalde de forma explícita.

Ahora, cuando alguien se haga de la vista gorda aduciendo que en EE.UU. ya no hay racismo o misoginia institucionales ya tengo el ícono perfecto de la intolerancia a quién apuntar como ejemplo: al indefendible Donald.

 


*Fotografía de Michael Vadon, 2015, Wikimedia Commons.

 

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Alejandro Echeverría

Alejandro es ingeniero, tecnólogo, fotógrafo y montañista.

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