Un libro llamado Llorca

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Aprendí más sobre él en los últimos nueve días que en la década y media que tenía de conocerle. Y eso que, como muchas personas que se relacionaron con su vida, también compartimos distintas vivencias. De ahí que, las abundantes anécdotas narradas por sus colegas o excolegas no sean ajenas. Que los recuerdos de sus estudiantes o de sus exprofesores, fueran dándole contenido al perfil que me había formado de ese personaje. O, por ejemplo, que los comentarios de familiares, amigos y amigas, terminaran por integrar el cuadro completo de un ser humano que, para decirlo en tres palabras, resultó ser excepcional.

Y excepcional en todo el sentido de la palabra. Desde haber roto el paradigma del universitario habitual y distinguirse por un corte de cabello fuera de serie, hasta la imborrable memoria de sus agudas interpelaciones en la cátedra. Se lo haya propuesto o no, lo cierto es que no pasó desapercibido. Se hizo notar y, se hizo notar bien. De las aulas pasó a las salas de redacción y su estilo marcó línea de trabajo. Las fuentes, sus fuentes, según comentó Juan Luis Font, quizá se sintieron intimidadas por la agudeza del reportero. Llegaron a temer sus llamadas pero, también se habrán sentido atraídos por ese inquisidor incansable. Al extremo que, según comentan, algunas se contactaron para lamentar su partida.

Dicen que tenía un don especial o en todo caso, hizo del ejercicio periodístico un don particular. Las notas firmadas por Juan Carlos Llorca, así como sus crónicas de bloguero, dan cuenta de un talento especial para la estructuración del lenguaje escrito y de un estilo depurado de dialogar con quien le leía. No había medias tintas. Como bien han dicho, era blanco o negro. Y en ese blanco o negro del ejercicio profesional el apego a los principios éticos eran casi el ADN de su firma.

Transitó del reportero político nacional a la expresión de opiniones en crónicas depuradas. Ejerció como editor y docente improvisado. También experimentó como reportero gráfico. Nunca dejó de ser un investigador acucioso en tanto que también le recuerdan como un entrevistador mordaz. Doy fe de que era un interlocutor y crítico implacable pero certero e irónico por antonomasia.

Tal cúmulo de cualidades socialmente reconocidas llevan a pensar: ¿habrá tenido algún defecto? Definitivamente sí. O no habría sido humano y si algo abundaba en su vida era, precisamente, la enorme carga de humanidad que le acompañaba. Por eso es que, al final de cuentas, cada quien que compartió en algún momento en su vida, ha ido sumando retazos de historia hasta conformar ese inmenso libro que la contiene.

Su muerte prematura, antes de las cuatro décadas, lo hará vivir en la memoria como el agudo periodista o el incansable editor o el desenfadado de la vida, capaz de pintarse como catrino para el día de brujas y manejar muchas horas para ver y fotografiar una lluvia de estrellas. En medio del dolor que representa su partida tan temprana, queda un legado nada despreciable de experiencia y lecciones de vida.

De tal suerte que si alguien quiere entender qué es el ejercicio periodístico o aprender el ABC del periodismo profesional, no tiene que andar mucho. Necesitará en todo caso, adentrarse en un manual completo del que hacer del periodismo en toda su extensión, leyendo de cabo a rabo en ese manual que es la vida reflejada en un libro llamado Llorca.

Imagen tomada de Facebook.

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Iduvina Hernández

Defensora de Derechos Humanos, hija y nieta de gente honrada, convencida de que otro mundo es posible. Sobreviviente de la contrainsurgencia y excavadora de la verdad y la memoria. Como no sé nadar, por eso nado contra la corriente y, cómo pueden ver, no me he ahogado.

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