Un señuelo llamado Jimmy

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Las veinte semanas continuas de protesta, 18 de ellas antes de la primera ronda electoral, movilizaron a la población ante la debacle del sistema político. La sociedad se pronunció en todo el territorio nacional para expresar su rechazo a la forma de operar de la arquitectura estatal, construida sobre los andamios de un esquema de partidos políticos que han sido infieles a su naturaleza y a su razón de ser dentro de la democracia.

El agotamiento del sector llamado a promover el desarrollo democrático llegó por el dominio que la corrupción logró tener en las filas de los partidos políticos. Un esquema funcional que se trasladó al estamento estatal en todos los niveles y ámbitos orgánicos. No hay organismo ni institución pública alguna que logre escapar al contagio que ha llevado al Estado de Guatemala a perfilarse en la vía del fracaso.

La decepción primero y el hartazgo ciudadano después, han llevado a rechazar casi en absoluto, todo aquello que mínimamente suene a partido político o a profesional de la política. Esa pérdida de fe social, es responsabilidad única y exclusivamente de quienes han ejercido el poder público y se han aprovechado de este para favorecer intereses elitistas o personales de enriquecimiento.

La prisión preventiva a espera de proceso penal por el robo de los recursos estatales, de las dos principales figuras de la presidencia, han puesto la tapa al pomo en el cansancio ciudadano. A ello obedece la búsqueda de figuras descontaminadas de la influencia política en la creencia popular que será la garantía de ejercicio sano del poder.

Ojalá esto fuera posible en un entorno como el guatemalteco. Sin embargo, la realidad muestra otra situación. Un rostro, supuestamente virgen en la política, en realidad no está incólume como se presenta. “Ni corrupto, ni ladrón”, ha sido el centro del discurso del candidato de los generales de la guerra. Parece la figura perfecta para utilizar como mascarada o como la capa roja de caperucita que disfraza al lobo quien afirma que sus garras tan largas son para abrazarnos mejor.

Un actor, entrenado en desarrollar un libreto y jugar un papel, pone en escena la comedia de la virginidad política y le da vida al personaje inventado para la ocasión. Nada más serio y grave para la vida de cualquier pueblo que una mentira hecha persona para tender la trampa electoral.

De tal suerte que, en la creencia de seleccionar lo descontaminado, lejos de vacunarnos contra la corrupción estamos inyectándonos un virus mortal, capaz de camuflarse y mutar cuando menos lo esperemos. Ni la ingenuidad, ni la humildad ni la ignorancia son atribuibles al candidato. Él sabe perfectamente quiénes son los dueños de la franquicia política que lo llevó de ficha presidencial. Conoce, también, cuál es el pasado y el presente de esos dueños, así como de los patrocinadores de los mismos. No lee un discurso ajeno sino que representa el libreto que él mismo ha construido para poner en escena la que quizá sea la mejor actuación de su vida.

Una ligera escarbada en su biografía, descubre los múltiples vínculos con la enfermedad que hoy Guatemala pretende erradicar. Su paso en por lo menos tres partidos políticos en los últimos cinco años, son la muestra inicial de que no es ajeno ni al medio ni a las prácticas del mismo. La llegada a la franquicia que ahora le promueve, es otro elemento de confirmación.

Pero si alguna duda quedaba, basta y sobra con las mentiras expuestas sobre los dueños del partido. Jimmy Morales, está muy lejos de ser una cara nueva en la política y mucho más lejos aún de ser un político honesto y sin intereses particulares. Él es el señuelo consciente, del lobo de la corrupción y la violencia, que cual huevo de serpiente espera que la sociedad le brinde calor y lo incube para poder estrangularla al menor descuido.

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Iduvina Hernández

Defensora de Derechos Humanos, hija y nieta de gente honrada, convencida de que otro mundo es posible. Sobreviviente de la contrainsurgencia y excavadora de la verdad y la memoria. Como no sé nadar, por eso nado contra la corriente y, cómo pueden ver, no me he ahogado.

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