Una astilla

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Sentí el pinchazo en la parte baja de la mano, esa que tiene más carne y está casi pegada a la muñeca, aunque el dolor instantáneo fue acompañado de un hilillo de sangre, no daba lugar a pensar en las complicaciones que el diminuto pedazo de madera habría de causar. Mi reacción inmediata fue lavar la sangre, extirpar la astilla y seguir en lo que estaba haciendo.

No recuerdo el día ni la hora, solo tengo en la memoria que se trataba de uno común y corriente, de esos en los que se tiene que trabajar. El hecho sucedió hace unos 14 años, estaba empleado por aquel entonces, desempeñando labores administrativas, en una empresa ferretera.

Trabajé un par de años en aquel lugar, no se trataba del empleo soñado, pero la paga era puntual y como la necesidad tiene cara de chucho, le entré al puesto en el que hacía cosas que nada tenían qué ver con las atribuciones para las que fui contratado. Así, en algún momento estaba en la sala de ventas y en otro ayudando a descargar un contenedor.

Manipular la mercadería que se vende en una ferretería es peligroso, en los contenedores hay machetes, alambre espigado o con navajas, toda clase de objetos punzocortantes y, entre otras cosas, rollos de cable de varios calibres, rollos que vienen acomodados en enormes carretes de madera rústica.

Los accidentes en la ferretería estaban latentes, como la vez que alguien se cortó el brazo con el filo de un machete que salía de una estantería, tuvieron que hacerle una larga sutura con puntada que parecía diente de perro.

Sí recuerdo que cuando me ensarté la astilla en la parte baja de la mano, la que tiene más carne, fue a media mañana. Había llegado un contenedor lleno de carretes de cable y, arrecho que soy, me puse a ayudar en la descargada, pero cometí el error de no usar guantes, aunque tampoco es que hubiera; entonces, a pura mano limpia bajamos aquellos enormes trastos de madera.

El peligro principal era que el carrete rodara y atropellara a alguien, pero tuvimos cuidado y nada pasó, al menos durante un rato. Todo cambió cuando sentí el pinchazo, sucedió cuando el rollo venía a media rampa, el piquetazo fue intenso, pero no podía soltarlo porque habría rodado y golpeado a alguien más. Ni siquiera hice gesto de dolor, aguanté estoicamente, solté el cable hasta que estuvo en tierra firme y luego fui a lavarme la mano.

Intenté sacar la astilla pero no lo hice bien y una parte quedó adentro, el puntito negro se miraba a través de la piel, pero fue imposible sacarla, por más que lo intenté, no pude, solo pensé que tarde o temprano sería expulsada de forma espontánea; que equivocado estaba.

Ni la escuela, ni la universidad, ni los padres, ni la vida preparan  al ser humano para enfrentar el momento en el que una astilla se queda metida en la piel.

Empezaron a pasar los minutos, las horas, los días y poco más de una semana, la astilla no salió y la manó primero se puso roja, luego se hinchó; en serio, la parte alrededor del pedazo de madera se inflamó, al grado que la mano creció tanto que parecía guante de box, no exageró; bueno, quizá un poquito. El caso es que el dolor se incrementaba y no había modo de que el objeto saliera.

Cuando las cosas se complican hay que tomar soluciones extremas, entonces agarré un machete de la ferretería y, cuando ya no soportaba más el dolor, lo volví a dejar en su lugar porque ni modo que me iba a cortar la mano, no era para tanto. Lo que sí hice fue ir al IGSS de accidentes, el que está por la calzada San Juan; en realidad vivía a una cuadra de ahí y un día que iba para la casa decidí pasar a la emergencia para ver si me extirpaban la astilla.

En la emergencia había un tipo con múltiples fracturas en una pierna, un baleado, otro con la cara ensangrentada y otros más que se miraban verdaderamente graves; no había médicos a la vista. Cuando analicé aquel paisaje, consideré que lo de la astilla en mi mano era algo insignificante y me fui sin solicitar que me atendieran, hasta con vergüenza.

Al otro día, mientras iba manejando me quedé viendo a la mano infectada y, cuando el semáforo estaba en rojo, apaché con todas mis fuerzas y resulta que en medio de un chorrito de pus la astilla salió disparada. El dolor empezó a disiparse de inmediato, lo demás fue solo esperar a que la infección cediera y la herida cicatrizara, ni siquiera tuve que tomar antibióticos.

Nunca más he vuelto a herirme con una astilla, pero estoy seguro de que si llega a suceder no hay garantía de que pueda sacarla, porque esos pedacitos de madera son impredecibles.

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About Author

Fernando Ramos

Me he ganado la vida desempeñando la prosaica profesión de la contabilidad y la auditoría; sí, soy de esos tipos cuadrados a quienes todo mundo teme, porque encuentran descuadres y faltantes. Pero también escribo poesía, y otras cosas por ahí; de eso trata este espacio, de las cuentas que hago con las palabras.

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