Una bienvenida “En Paralela”

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Las aulas universitarias son un espacio privilegiado para pensarnos y para aprender del pizarrón a las sillas y viceversa. La dirección contraria es la que más añoro cuando entro a una sala llena de hombres y mujeres que comienzan a hacerse las preguntas que sigo haciéndome. Aprender de los estudiantes es un ideal.

En ese aprendizaje, me doy cuenta de que el valor de la pregunta está hoy subestimado. Atreverse a preguntar en este país, en una universidad privada, es un deber cuando vemos que no somos iguales por más ley que lo asegure. Sobre esa desigualdad está basada la exclusión política, la pobreza, la negación a reconocer los derechos laborales. Sin preguntas no hay una explicación posible a nuestros problemas profundos. A eso sumo que también es importante hacerlas a y junto a otros: preguntar a quien engalana los jardines de la universidad cuántos años tiene y mientras sigue la conversación saber que nunca se preguntó a sí mismo qué quería estudiar porque nunca fue una opción para alguien que no había terminado la primaria. Regresar y preguntar por qué nosotros estamos en ese salón, escuchando que todos los hombres y las mujeres son iguales por naturaleza e interpelar el por qué no es verdad.

Tampoco es cierto que la pregunta es lo más importante, también lo es la respuesta. Sobre todo cuando esta surge para que nadie pase por encima de la dignidad humana. Sí que necesitamos respuestas a cómo no dejamos la política en manos de unos que han demostrado que no les importa el bien común, a cómo revestimos los mecanismos políticos de los valores democráticos más importantes, cómo hacemos del voto un acto político serio y no un resultado de la fórmula “todos son malos –menos– el menos peor– igual – mi voto”. Hay que intentar saber qué es la resistencia en lo urbano, cómo aprendemos y nos acercamos a aquellos que admiramos por su coherencia.

Para encontrar las respuestas, es bueno escribir. Ese ritual de poner en orden las ideas, de saber exactamente qué queremos decir y hacerlo evidente para quien lee. Es aprender a reconocer que la opinión no es la que se da en el examen cuando no se estudió, sino es aquella que recupera argumentos, los pone en discusión y toma postura. Escribir hace parte de los caminos que conducen al criterio propio, a la crítica y por lo tanto a imaginar la transformación.

Las ideas también son parte del quehacer político de nuestro tiempo. También es importante hacer frente a los cucos que periodistas, analistas, diputados, entre otras profesiones bastante mancilladas, se han dado a la tarea de repetir y de repetir hasta convertirlos en monstruos que creemos reales. Es tan sencillo decir “seremos otra Venezuela”, o que “nada puede contra el orden constitucional”, pero vaya si no tenemos argumentos para no estar de acuerdo. Las ideas son parte de la base de la democracia, de esa que nos imaginamos para construir nuevas realidades, de la democracia que defendemos para que no se crea que democracia es “sálvese quien pueda” o que solo quien tiene plata puede hacer política, o que nada puede cambiar. O que la muerte se merece si se es indio o marero.

Leo siempre con interés a los alumnos. De algunos de ellos he aprendido, otros me han hecho replantear mis posturas. En ese hermoso proceso de compartir conocimiento y de crearlo, he conocido amigos, colegas. Hoy tengo otra alegría: doy la bienvenida a este espacio que retomo con mucha esperanza, a cuatro columnistas mujeres que sé que tienen mucho que decir sobre esta realidad que nos sigue interpelando en lo más profundo. A ellas les deseo mucho nado contra corriente. Y mucha fuerza, para no dejar de hacerlo. Qué “En Paralela”, sea un espacio de muchas ideas para recuperar lo verdaderamente importante de la política. ¡Bienvenidas!

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About Author

Gabriela Carrera

Siempre es difícil decir quién es una. Soy la más pequeña de tres hermanos (un abogado, un agrónomo y un cura) y soy la única mujer (que duda de las leyes, no le gusta la berenjena y su vida espiritual es un reto). Estudié Ciencias Políticas y todavía pienso que tengo pendiente estudiar la literatura y todos sus secretos. Me gusta pensar en que se puede construir, poco a poco y con mucha paciencia, una Guatemala diferente y esa es mi mayor motivación para escribir en El Salmón. Agradezco las muestras pequeñas de la vida que me hacen seguir creyendo en la humanidad, y por eso busco en el fondo de la Cajita de Pandora muy seguido.

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