Una rara amistad

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A mediados del 2004, una mañana de fin de semana llegó al parqueo de la casa un conejito gris. El pobrecillo andaba hambriento y perdido. Seguramente se escapó de alguna casa, nunca lo reclamó nadie así que decidimos adoptarlo como mascota y mi hermana lo bautizó como ‘Bonny’.

Un poco más de un año después heredamos de mi abuela, que en paz descanse, un perico. Bueno, a ciencia cierta nunca supimos si era un perico, una variante de loro o un ‘chocoyo’. Había pasado toda su vida metido en una jaula bastante pequeña, por lo que decidimos soltarlo en el patio. En un par de días mi hermano lo bautizó como ‘Poison’ gracias a su natural agresividad hacia los humanos. No lo culpo.

El conejo se destacó por su nobleza, por su tolerancia a nosotros que lo cargábamos de mueble en mueble y le enseñábamos algunos ‘trucos’. Sus travesuras, a pesar de ser bastante serias, rara vez nos enojaron. Recuerdo que masticó las correas de varios pares de zapatos, dos cortinas, una toalla y una buena cantidad de prendas de vestir que colgadas en el tendedero quedaron a su alcance.

El perico, por el contrario, jamás se dejó acariciar. Nunca pudimos cortarle las alas y solo tuvo un ‘intento de fuga’ pero volvió luego de unos diez minutos. Desarrolló una admirable habilidad para picotear a cuanto humano se le cruzara en el camino; llegando incluso a espantar a otras aves que llegaban al bebedero de la casa.

Uno, como ser humano, no esperaría que dos especies tan diferentes y con conducta tan opuesta pudieran llevarse bien. Y sin embargo, pasó. Esos dos, el conejo y el perico, hicieron una amistad duradera. Se protegieron mutuamente durante años. A dónde iba uno, iba el otro. Pernoctaban en los mismos lugares y compartían la comida, por raro que eso parezca.

Al notar semejante amistad buscamos alguna explicación. Partimos de constatar el género de los dos. Ambos eran machos. Intentamos que socializaran con otras mascotas, pero nunca se llevaron bien con ellas. Simplemente no hubo forma de explicar racionalmente lo que pasaba.

El ‘Poison’ murió a finales de 2013. La edad le pasó factura. Como es tradición en casa, fue enterrado en el jardín. ‘Bonny’ presenció el evento y trató de desenterrar a su amigo una, dos, tres, varias veces. La tristeza y la soledad (fue incapaz de socializar con más mascotas) mermó su salud, hasta que murió a mediados de 2014. También lo enterramos, al lado del perico.

Para ser honesto no lloré al perico. Varios picotazos en las manos y pies, así como un ataque frontal a la nariz de mi perro cuando era cachorro bloquearon cualquier intento de afinidad. Por el conejo sí. Desde que me contaron de su deceso hasta el momento en que cierro esta nota.

Conejo 1

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Rubén Fuentes

Soy abogado, patojo, desengañado por la realidad. Me gusta revisar libros viejitos y no creo prudente cerrar la puerta a la memoria histórica. Mientras tanto, crío pitbulls; practico deportes, los comento; analizo el panorama jurídico y político de éstas tierras y cuido el jardín

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