Veinte años de guerra… por otros medios

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Veinte años de paz guerra… por otros medios

En una presentación de las publicaciones de la Vicerrectoría de Investigación de la URL para el 2017, creí leer “Veinte años de guerra” y pensé que sería un buen título, provocador, acerca de la Guatemala post-Acuerdos de Paz.

No se va a llamar así la publicación, pero eso que creí leer se quedó conmigo y me hizo recordar la cita que pone Jennifer Schirmer en la introducción de su libro Las intimidades del proyecto político de los militares en Guatemala[1]:

“Nuestra meta estratégica ha sido revertir la filosofía de la guerra de Clausewitz, para decir que en Guatemala, la política deber ser la continuación de la guerra. Pero eso no quiere decir que estamos abandonando la guerra; estamos peleando en un horizonte más amplio dentro de un marco democrático. Puede que estemos renovando nuestros métodos de guerra pero no los estamos abandonando… Estamos continuando nuestras operaciones [de contrainsurgencia]contra la subversión internacional, porque la Constitución lo demanda”. –General Héctor Alejandro Gramajo Morales.

Las palabras de la persona que sugirió la estrategia de los fusiles y frijoles y que luego sería Ministro de la Defensa entre 1987 y 1990, no se podían tomar a la ligera pero, parece que el optimismo no permitió, como apunta Matilde González-Izás [2], que durante muchos años luego de la firma de la paz, se viera el tipo de Estado que se iba modelando y cómo el Ejército se constituyó en un actor protagónico del rediseño estatal. Ese optimismo tampoco dejo ver por mucho tiempo cómo se produjo el reacomodo del poder militar/paramilitar en los diferentes territorios del país durante el proceso de apertura democrática y reforma del Estado, cuyos énfasis fueron la privatización y la descentralización estatal.

Éste fue un periodo en el cual las estructuras de la contrainsurgencia se incorporaron en el centro del Estado. Contrariamente a la suposición de que el gobierno civil implicaba el retorno de los militares a los cuarteles, este co-gobierno nacido de la contrainsurgencia no solo aseguró el poder y la autonomía de los militares sino que institucionalizó a ambos.

Hasta hace un año y medio, y quizá más precisamente, hasta hace seis meses, las evidencias de este fenómenos no eran de conocimiento masivo hasta que el 2 de junio de este año, la CICIG hizo público el caso Cooptación del Estado que dio a conocer “una estructura criminal mafiosa que había cooptado el poder por la vía de las urnas en Guatemala y cuyos principales dirigentes eran Otto Pérez Molina y Roxana Baldetti.” [3] Sin embargo, esto no es más que un caso de varios acerca de la cooptación histórica del Estado guatemalteco y de la forma en que los CIACS se fueron constituyendo en actores de gran relevancia en la funcionalidad del sistema político guatemalteco.

La llamada apertura democrática y las políticas de descentralización, lejos de significar el desmantelamiento de las estructuras militares y paramilitares, supuso el reacomodo de sus integrantes en las nuevas formas de hacer política, dándole la razón al General Gramajo.

Los estudios realizados por Harald Waxenecker dan buena cuenta de ello, así como las diversas investigaciones llevadas a cabo por El Observador, entre varios. Pero no solo en los libros o en los PDF’s se puede encontrar evidencia de esto. Estando en los distintos territorios de Guatemala y observando los procesos de despojo y de represión que ocurren, es la mejor forma de conocer los medios en los que la guerra ha continuado.

Veinte años después de que se firmó la paz en Guatemala, es imposible afirmar que se produjeron cambios sustantivos en el país que mejoraron la calidad de vida de quienes en él habitan. Quizá es esta una de las razones por las cuales el gobierno ha puesto tan poca atención a la conmemoración de éste aniversario. No se puede sacudir el tufo del fracaso de tal conmemoración.

La reestructuración del Estado con su privatización en los noventa, ha dado paso a una nueva fase del capitalismo extractivista que se erige como una de las mayores amenazas a las comunidades y pueblos en resistencia. A esto se le añade el narcotráfico y la delincuencia de las pandillas, además de los problemas derivados de un modelo económica que asegura la concentración de la riqueza en pocas manos mientras que lo que si se distribuye en la población son los altos niveles de precariedad.

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Donde primero leí acerca de la inversión de Clausewitz, fue en curso publicado que Michel Foucault impartió en 1976 en el Collège de France titulado Defender la sociedad.[4]

Se preguntaba Foucault que, “si el poder es en sí mismo puesta en juego y despliegue de una relación de fuerza, en vez de analizarlo en términos de cesión, contrato, enajenación, e incluso, en términos funcionales de prórroga de las relaciones de producción, ¿no habría que analizarlo en primer lugar y, ante todo, en términos de combate, enfrentamiento o guerra? Es decir, el poder es la guerra, es la guerra proseguida por otros medios”(Pp. 28). Foucault lo lleva hasta el punto de invertir la proposición de Clausewitz para decir que “la política es la continuación de la guerra por otros medios”.

Estas palabras, a diferencia de las pronunciadas por el General Gramajo, no son una advertencia, sino más bien un esfuerzo intelectual que pienso puede tener cierta vigencia hoy en día en Guatemala para que el decir “veinte años de guerra” no suene descabellado.

Foucault le da tres sentidos a la inversión del aforismo de Clausewitz: 1) la política es la continuación de la guerra por otros medios; la política es la sanción y la prórroga del desequilibrio de fuerzas manifestado en la guerra; 2) las luchas políticas, los enfrentamientos con respecto al poder, con el poder, por el poder, las modificaciones de las relaciones de fuerza, todo eso, en un sistema político, no debería interpretarse sino como las secuelas de la guerra. Y habría que descifrarlo como episodios, fragmentaciones, desplazamientos de la guerra misma. Nunca se escribiría otra cosa que la historia de esta misma guerra, aunque se escribiera la historia de la paz y sus instituciones; 3) la decisión final sólo puede provenir de la guerra, esto es, de una prueba de fuerza en que las armas, en definitiva, tendrán que ser jueces. El fin de lo político sería la última batalla, vale decir que la última batalla suspendería finalmente, y sólo finalmente, el ejercicio del poder como guerra continua.

Cuando interpreto los últimos veinte años a la luz de éstos tres sentidos, constato que además de la continuación del desequilibrio de fuerzas, lo que se ha narrado ha sido una historia de la guerra y de sus secuelas y que, por lo tanto, no hemos hecho más que vivir en una pseudo paz.

Si bien fue cierto que la firma de la Paz firme y duradera hace veinte años detuvo la guerra, el intento de hacer reinar una paz en la sociedad civil no se hizo para neutralizar los efectos de aquélla o el desequilibrio que se manifestó; sino más bien para reinscribir perpetuamente esa relación de fuerza, por medio de una especie de guerra silenciosa, y reinscribirla en las instituciones, en las desigualdades económicas, en el lenguaje, hasta en los cuerpos de unos y otros.

El tercer sentido que expone Foucault, donde son las armas quienes suspenderían el ejercicio del poder como guerra continua, no es esperanzador ni optimista. Pareciera que toca elegir, ¿una pseudo paz o una guerra? ¿Es esa una elección?

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[1] Schirmer, Jennifer. (1999). Las intimidades del proyecto político de los militares en Guatemala. Guatemala: Flacso.

[2] González-Izás, Matilde. (2014). Territorio, actores armados  y formación del Estado. Guatemala: URL Editorial Cara Parens.

[3] https://cmiguate.org/el-partido-patriota-es-una-macroestructura-criminal/

[4] Foucault, Michel. (1976). Defender la sociedad. Recuperado de: https://monoskop.org/images/3/34/Foucault_Michel_Defender_la_sociedad.pdf

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About Author

Andrea Tock

Curiosa, preguntona, torpe y ridícula. Estudié Ciencias Políticas y trabajo en investigación social. Disfruto comer, ver fútbol, escuchar música y hacer el amor, entre otras cosas. Me gusta el azul. Escribo para dejar registro.

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