Vigilar e impunidad

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gabriela mirandaPor Gabriela Miranda García

“Es feo ser digno de castigo, pero es poco glorioso castigar”
Michel Foucault

Se castiga a quien se vigila. Las palabras exactas de Foucault son, “un poder (…) se ejerce sobre aquellos a quienes se vigila, se educa y corrige, sobre los locos, los niños, los colegiales, los colonizados…”. Así podemos decir que se vigila para castigar.

Ya sabemos que la vigilancia se ejerce desde lo alto, desde las atalayas, que no son otra cosa sino torres de guardia y estructuras militares y, sirvieron por ejemplo para evitar la entrada a las ciudades amuralladas. Las personas que venían de fuera eran entendidas como enemigos o por lo menos como sospechosos. La vigilancia, entonces, se anticipa a la acción concreta de quien cae en sospecha.

Estaría de más decir que vivimos en un sistema de permanente vigilancia, esto de algún modo nos causa indignación. Pero no tanta cuando creemos que hay quienes sí deben ser vigilados. Dolorosamente la vigilancia es aceptada siempre y cuando los sospechosos a quienes se vigila sean otros, “nosotros” por supuesto no lo somos y hacemos todo lo posible por no confundirnos. Vestimos, hablamos, frecuentamos lugares, hacemos amistades y compramos productos que nos libren de caer en sospecha, porque de hecho sabemos que el castigo puede abatirnos. Así, terminamos por vigilarnos a nosotros mismos. Volviendo a las ciudades amuralladas y usándolas como metáfora, podemos decir que evitamos caer en sospecha para no confundirnos con quienes están afuera y evitar, a toda costa, una advertencia e incluso, al no poder comprobar nuestra inocencia, un tiro del vigía.Para muchas personas, la vigilancia viene a ser el juicio que antecede al castigo, entonces queda poco tiempo para dar explicaciones.

El castigo, por otro lado, según sus raíces etimológicas significa “hacer puro o casto” y a su vez, casto viene del verbo castrar, cortar. No me parece casual el origen etimológico compartido, suena más como una advertencia que como una corrección, y es que al castrar se corta la posibilidad de mantener la vida. Por muy antiguo que todo esto nos parezca, es tan apegado a nuestra realidad que horroriza.

Pues bien, tanto el castigo como la vigilancia nos convocan al orden, nos advierten, nos amedrentan, nos atemorizan y nos hacen mostrarnos sonrientes y conformes. Sin embargo, es de reconocer que no a todo el mundo se le vigila como no a todo el mundo se le castiga.

Lo ocurrido en Iguala, Guerrero en México, es un epítome de todo esto. El 26 de septiembre desaparecieron a 43 estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa. Durante el enfrentamiento otros 6 fueron asesinados y 19 heridos. Los estudiantes estaban organizados y fueron a Iguala para exigir algunas mejoras en su derecho a la educación. A nadie se le ha responsabilizado por lo ocurrido y mucho menos, nadie ha sido enjuiciado para recibir castigo. Pero los jóvenes campesinos si fueron castigados, las luchas sociales fueron castigadas, el país entero fue castigado. Se les castigó porque se les vigilaba, porque sus orígenes y sus demandas los colocaba fuera del muro, eran sospechosos. Se les castigó porque se acercaron demasiado, porque pusieron en evidencia la contradicción de un sistema que se hace llamar democrático.

Las normales rurales en México, tienen una larga y viva tradición de levantamientos y muestras del descontento social ante las injusticias de los diferentes gobiernos mexicanos. Lucio Cabañas (1938-1974), campesino, maestro rural, dirigente estudiantil, líder guerrillero y fundador del Partido de los Pobres y su Brigada de Ajusticiamiento, egresó de esta mismo Normal Rural de Ayotzinapa, que ahora es escarmentada.

No es casual entonces, que las protestas y demandas de los estudiantes sean blanco de sospecha y merecedoras de castigo anticipado. Los estudiantes son sospechosos por ser empobrecidos, de origen indígena o jóvenes y por su trayectoria de lucha social y defensa de la tierra, son sospechosos porque no sonríen complacidos, porque el orden sistémico injusto no les es suficiente. Ese es su crimen y este escarmiento su castigo histórico. Fueron cortados. Evidentemente, nunca han dejado de estar baja las cámaras de vigilancia, están en permanente sospecha y el crimen cometido en su contra parece quedar impune. Los estudiantes de Ayotzinapa saben una cosa que deberíamos saber todos y todas: postergar la justicia para mucha gente es una condena a muerte.

A los perpetradores, a quienes mandaron disparar y torturar, de ellos no se tiene ni rastro, al alcalde de Iguala, José Luis Abarca se le perdió la pista, no era vigilado, a pesar de tener vínculos con el crimen organizado, no era sospechoso y por lo tanto no ha sido castigado.

La vigilancia inventa a los sospechosos y a los enemigos, el castigo los anula. Así que aquí están las palabras de Foucault, se ejerce poder con los colegiales como los normalistas, con los colonizados como los campesinos, con los locos como los que no aceptan el sistema.

Sé que el castigo resulta polémico, por eso yo no pido castigo, exijo justicia. Y sin embargo no puedo evitar decir, al mejor estilo de la película alemana, Los edukadores: desde afuera, desde abajo, desde la margen, desde la impotencia, podemos atrevernos a decirles a quienes se creen seguros dentro y en el centro: “tengan cuidado porque los estamos vigilando”.

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