Voto nulo, voto en blanco y abstención: los números

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Si hacemos caso de los números de la última elección se advierte que hay un incremento importante en la participación electoral. Casi un 70% de empadronados hizo acto de presencia en las elecciones de 2011, una proporción similar a las elecciones de 1985, que han sido caracterizadas como las del “retorno a la democracia”.

Esto significa que desde la mínima votación en la que ganó Álvaro Arzú y el PAN, ha existido un aumento importante en la participación electoral y, correlativamente, una disminución de la abstención.

Pero la no participación tampoco es un fenómeno marginal. Un 30% en primera vuelta y un 40% en segunda vuelta no son cantidades despreciables. Incluso la combinación de voto nulo y voto en blanco en la primera vuelta (más del 8%) fue mayor a la que obtuvieron buena parte de los candidatos que se presentaron.

Haciendo una aproximación, se puede decir que en primera y segunda vuelta de las elecciones de 2011, un 40% de los empadronados se abstuvieron de participar o de elegir un candidato en particular.

No es poca cosa. Significa que hubo más personas que se abstuvieron de elegir que las que dieron el voto a Pérez Molina (31%).

Sin embargo, en términos prácticos, estas cifras no tienen una significación apreciable en los resultados electorales. Dicho en el tono más neutro y tratando de alejarse de las condenas ideológicas: dado el ordenamiento legal que tenemos, no importa la cantidad bruta de votantes que elijan a un candidato. El 50% más 1 de los votos válidos da la mayoría necesaria para que un candidato gane.

El sistema político es tan flexible que puede absorber la abstención y el rechazo de manera más o menos fácil. De nuevo la elección en que ganó Arzú es paradigmática: 600,000 “pelones” le dieron el triunfo. Más del 80% de empadronados no votaron por él.

En ese momento se llegó al punto más bajo de participación electoral (la única participación menor fue la consulta constitucional sobre los acuerdos de paz) y la abstención no provocó un cataclismo político.

José Saramago, el escritor portugués que ganó el premio Nobel de literatura de 1998, exploró ciertas condiciones de la democracia en su libro Ensayo sobre la lucidez. En este texto presenta literariamente las consecuencias de que la gente vote nulo e imagina una situación que conmociona y cuestiona profundamente el sistema democrático del lugar.

La fantasía de Saramago no funcionaría para Guatemala de igual forma. El sistema político y los políticos tienen un cuero duro. Tan fuerte que la abstención masiva o la emisión masiva de votos nulos o en blanco, aunque provocará cuestionamientos, no conmovería al sistema. Posiblemente daría qué hablar. Organismos internacionales y analistas pondrían cara seria y harían exhortaciones para “salvar la democracia”. Pero al rato estaríamos en las mismas.

¿Qué significado se le puede asignar a este rechazo de la participación electoral? Si bien los resultados prácticos son un aspecto importante de la cuestión, la significación del voto nulo, voto en blanco o abstención no se encuentran únicamente en los fríos números.

¿Qué ánimo expresa? ¿Qué cuestionamientos realiza? ¿Qué posibilidades se encuentra en este rechazo?

Su importancia radica en lo que expresa por lo bajo. El malestar y desencanto que esta situación produce, obliga a reflexionar sobre el asunto.

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Mariano González

Psicólogo errante por otros campos y quizás errado. Ha llegado aquí por azares del destino y haber recibido privilegios inmerecidos, como comer los tres tiempos. Perpetra algunos artículos y ensayos. Fascinado con la imagen del ángel de la historia de Walter Benjamin, intenta (sin saber si bien), seguir la exhortación de "pasar por la historia el cepillo a contrapelo".

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