¿Y ahora qué?

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Si la tragedia de El Cambray nos recuerda lo lejos que estamos de tener el país que queremos, el desborde de solidaridad que le siguió nos lleva a pensar que estamos por lo menos un paso más cerca. Décadas –si no siglos– de individualismo a ultranza empiezan a ceder ante la esencia humana que nos hemos negado a nosotros mismos, que algunos nos han querido negar o que hemos negado a otros sin necesariamente estar conscientes de ello.

La humanidad suele evolucionar para bien después de las tragedias. Y aunque la solidaridad siempre ha existido en los desastres, es imposible no tener la percepción de que esta vez es distinto. Quizás porque mucha gente quiere creer que el país es distinto desde el 25 de abril, quizás porque sea cierto.

Hasta no hace mucho no éramos pocos los que dudábamos que el país pudiera cambiar. En realidad dudábamos de nuestra propia humanidad. Afortunadamente, el tiempo y la realidad nos demostraron que estábamos engañados, que también somos humanos. Simplemente habíamos estado enfermos. La enfermedad que nos causaron décadas de arbitrariedad, abuso y miedo inhibió buena parte de nuestra esencia y hasta la capacidad de usar el sentido común.

Si es cierto que de verdad presenciamos el amanecer de un nuevo día, todo lo que tenemos que hacer es perseverar y confiar en nuestra esencia humana para salir adelante. El sentido común y la solidaridad nos mostrarán la salida. Quizás tome meses, quizás décadas, pero si continuamos como vamos habremos de llegar. La manera en que asimilemos colectivamente el desastre de El Cambray y los que le sigan nos dará la pauta de qué tanto hemos cambiado en realidad.

Quizás no haya tantos expertos que nos digan cómo solucionar los problemas técnicos, pero con haber recuperado nuestra esencia humana y sentido común colectivos nos bastará para tomar las decisiones esenciales. Sabremos que urge evacuar inmediatamente a la gente de todas las zonas de riesgo. Aprenderemos que la mayoría de muertes prematuras en Guatemala son evitables, quizás hasta lleguemos a creer (como en otros países) que los accidentes no existen. Comprenderemos que necesitamos hablar muy en serio de una política nacional de vivienda. Estaremos convencidos que la solidaridad no es mala palabra. Nuestra esencia humana no nos permitirá barrer bajo la alfombra a los que alguna vez consideramos indeseables.

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Abraham Barrios

Estudiante empedernido de la naturaleza humana y amante de las causas perdidas. Aparte de eso, muy difícil de etiquetar.

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