Yo, abstemio

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Por elección propia, he sido abstemio toda mi vida y no es algo de lo que me siento orgulloso, pero tampoco me avergüenza. Simplemente se dieron las circunstancias y sucedió que nunca me llamó la atención echarme un trago, ni una cerveza, ni ningún tipo de bebida espirituosa. Mi familia –hermanos, primos, tíos, sobrinos, y más– es numerosa y borracha. Solo primos éramos como 70, por ejemplo, y tanto ellos como mis hermanos experimentaron su primera borrachera antes de los 15 años de edad.

Mi hermano mayor era de los que se emborrachaban y perdían el equilibrio fácilmente, de ahí que era usual que se quedara dormido en la banqueta o que aterrizara y terminara todo raspado de la cara y las manos, todo despeltrado pues. Mi abuelita lo quería mucho y cuando miraba a algún bolito tirado en la calle, rápido mandaba a cualquiera de sus nietos, el que estuviera a la mano, a que viera si se trataba de él. Ese mi hermano trató de emborracharme más de alguna vez; bien necio se ponía y hasta amenazaba con pegarme si no me echaba un trago, sin importar que yo tuviera 13 años; pero yo salía corriendo y nunca lo logró.

Siempre fui uno de los más pequeños de la pandilla de cuates, primos y hermanos, pero insistía en salir con esa marita cuando se iban a echar las chelas. Aquello resultaba aburrido, porque ellos se ponían bolos y yo apenas me tomaba una gaseosa. Lo peor era que no permitían que comiera “boquitas”, porque eran solo para los que estaban tomando cerveza o guaro. Desde entonces empecé a experimentar que ser abstemio me ponía en desventaja.

Conforme fui creciendo y la mara se hizo más vieja de edad, llegué a tomar la decisión de ya no acompañarlos, porque no me sentía a gusto, además de que era común que se pusieran violentos y terminaban haciendo lío en cualquier lugar. Nunca fui bueno para desempeñar el papel de cadejo.

Cuando se empieza a trabajar, a estudiar en la universidad, y el círculo social se va ampliando, las invitaciones a reuniones, eventos, cumpleaños, convivios, juntas de trabajo y cualquier tipo de actividad que implique socializar, se multiplican y de la misma forma aumenta la presión por tomar alcohol: “Échese un trago hombre, solo uno y ya, no es para que se emborrache, solo para entrar en ambiente, mire que todos estamos tomando, ni modo que solo usted no, si no es pecado hombre”; es más o menos el discurso que se hace rutinario escuchar. No tengo nada en contra del licor ni contra quienes lo consumen, es solo que mi paladar no lo tolera y de ahí que ser abstemio haya sido fácil para mí. Claro que también está la aversión  que desarrollé porque vi el alcoholismo crónico de mis parientes, incluyendo el de mi padre, quien prácticamente murió por bolo, abandonado al guaro. Pero lo repito, no es ninguna cualidad, incluso creo que siendo bebedor hubiera sido más fácil trepar en la “escala social”.

Los bebedores confían en los bebedores más que en los abstemios, y echándose los tragos las relaciones se convierten en amistades de conveniencia. Como me dijo un coreano, después de negarme varias veces tomar el trago que me había servido: “Tú no sirves, los negocios se hacen tomando y yo no hago tratos con el que no toma”. O cuando dejé de percibir aumentos de sueldo que quienes salían a parrandear con los jefes sí recibían. Me pasó varias veces. Es el precio de ser abstemio.

Después de haber vivido poco más de media vida no puedo sacar un balance positivo o negativo. No creo ser más sano ni más delgado, por ejemplo, por jamás haberme echado un trago. Incluso, si me pongo objetivo, creo que he dejado pasar algunas oportunidades por no haber estado en las reuniones de trabajo cuando ya todos bien azules se repartían beneficios.  Lo ven, es dura la vida del abstemio. Ni siquiera puedo decir que tengo ahorrado lo que no gasté en licor.

La temporada de fin de año es propicia para empezar a beber o para recaer en la bebida. He visto a muchos que vuelven a los tragos en esta época. Allá cada quien con su forma de comportarse. No es mi intención servir de ejemplo, solo quise compartir mi experiencia, como quien habla frente a un grupo de abstemios anónimos. También los papás se ponen indulgentes en esta época y se les hace más fácil disculpar las primeras borracheras de los hijos.

No me compadezcan, solo soy un tipo aburrido, quien tampoco ha fumado ni consumido drogas en casi medio siglo. Perdóname madre por esta vida loca.

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About Author

Fernando Ramos

Me he ganado la vida desempeñando la prosaica profesión de la contabilidad y la auditoría; sí, soy de esos tipos cuadrados a quienes todo mundo teme, porque encuentran descuadres y faltantes. Pero también escribo poesía, y otras cosas por ahí; de eso trata este espacio, de las cuentas que hago con las palabras.

2 comentarios

  1. Muy buen artículo, en casi todo me parece personal. Me confieso abstemio también, en mi caso creo que llegué a tenerle miedo al guaro, igual familia alcohólica, también tuve cerca el consumo de drogas en la colonia (La Limonada). No me arrepiento de nada, puede ser que por no tomar no disfrute las fiestas en su máxima expresión, o viceversa, mis hijos casi no ven personas ebrias. Mi mamá dice que me perdona mi vida aburrida, hasta se muestra satisfecha. (las mamás lo perdonan todo).

  2. Buen artículo Fernando. Coincido casi totalmente. Soy abstemio y en mucho también por lo que viví muy pequeño. Quizás la parte de superarse socialmente o profesionalmente si se es bebedor no sea totalmente comprobable. En algunas profesiones, empresas o culturas puede ayudar el beber, pero “el que es perico donde quiera es verde” . Saludos

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