Yo de pie y Guatemala ahí tirada

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Veníamos de arreglar el país, sentados en un café del centro de la ciudad. Tomamos algo de tomar, pedí que me cambiaran mi pizza, sin asombró vi que el agua pura costaba Q.10. Escribió alguien, en una servilleta, todo lo soñado para los meses venideros. Reímos, contamos todos un poco de todo. Quedamos para el día siguiente. Pagamos la cuenta.

Todos habíamos dejado el carro en parqueos diferentes. Así que me ofrecí a llevarlos en el carro que yo llevaba, ahí cabíamos los cinco, tal vez un poco apretados pero era solo un momento. Mientras caminábamos E. comentó que había escrito un artículo, que le habían pagado por él. Les dije que teníamos que cruzar en la esquina mientras pensaba en cómo se veía de tontamente linda esa calle -otrora la más importante de todas-, sus lucecitas en cascada, la gente caminando, parejas tomadas de la mano.

Es de noche, hay frío, los billares siguen abiertos, me pregunto si el bar al que va C. abre los lunes. Qué linda la iglesia, esa que queda frente a mí. ¿Por qué esconder una iglesia como San Agustín? Al llegar a la entrada del parqueo, recordé que no tenía efectivo. Pedí que me acompañaran a la vuelta, al cajero del banco en el que suelo depositar aquella plata que no quiero tocar y nunca se puede del todo.

Abro la puerta del cajero y me sobresalto. Salgo, todo se detiene en ese cuadro.

Vuelvo a entrar, atrás de mí E. y J.M. Me pongo nerviosa, intento utilizar la primera máquina, no acepta mi tarjeta, vuelvo a intentar. Ahí estoy, suspendida en esa sucesión de imágenes, cada una más incómoda que la anterior. Vuelvo a intentar, no pasa. Debo caminar tres pasos más hacia adentro, más cerca de mi propia contradicción. Inserto la tarjeta.

Ahí a mis pies alguien tirita, la escuchó más allá de la voz de los que han entrado conmigo. Mientras espero que salga el billete, veo su tobillo, hay costras debajo de un pantalón de lona raído. De ellas sale un hilo de sangre seca. Hay un leve olor a alcohol. Salgo del cajero y mientras distingo a lo lejos a mis compañeros que siguen hablando, me escucho por dentro decir que esa soy yo frente a Guatemala. Así de claro lo vi.

Fotografía de Layla Miranda Girón. Tomada de: http://el-rey-colectivo.blogspot.com/

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About Author

Gabriela Carrera

Siempre es difícil decir quién es una. Soy la más pequeña de tres hermanos (un abogado, un agrónomo y un cura) y soy la única mujer (que duda de las leyes, no le gusta la berenjena y su vida espiritual es un reto). Estudié Ciencias Políticas y todavía pienso que tengo pendiente estudiar la literatura y todos sus secretos. Me gusta pensar en que se puede construir, poco a poco y con mucha paciencia, una Guatemala diferente y esa es mi mayor motivación para escribir en El Salmón. Agradezco las muestras pequeñas de la vida que me hacen seguir creyendo en la humanidad, y por eso busco en el fondo de la Cajita de Pandora muy seguido.

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