Yo soy, a secas

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Una y media de la tarde, en la cafetería que está en la planta baja de la oficina donde trabajo pedí un café guatemalteco —¿Quieres recibo? —preguntó la cajera en español con un marcado acento anglosajón mientras operaba la caja registradora —No gracias, que tengás un buen día —contesté con una sonrisa. Por mi acento y el nombre en mi tarjeta de crédito asumió que mi idioma era el español y se tomó la molestia de hablar un par de palabras en mi idioma.

Nueve de la noche, un bar de luz tenue y cerveza barata —oye, ¿qué opinas del asunto del precio del petróleo? —me preguntó mi amigo Pepe —pues lo que creo es que… —Parlez anglais ! —me interrumpió una señora loca con un terrible acento francés, molesta porque no entendía nuestro idioma. Salió por la puerta antes que yo pudiera responder. Incomprensible y dramático.

En una ocasión conocí un taxista somalí con quien conversamos todo el trayecto acerca de los piratas del Mar Arábigo, hice la analogía con el problema del narcotráfico en Guatemala y de que no son tan dispares. Otra noche me topé con un gordo con planta de motorista que con actitud amenazadora se me paró enfrente en un bar de mala muerte y por mi apariencia me dijo “you’re not from around here” sugiriendo que me largara. Últimamente he tenido la oportunidad de convivir con gente de las Filipinas y ha sido sorprendente descubrir que nuestras culturas tienen mucho en común, cosa que yo no hubiera imaginado.

Pedazos de historia sin relación aparente, pero haciendo un recuento de ellas —y del resto que no han tenido cupo en este texto— me rehúso a pensar que unos personajes sean mejores que los otros o que yo haya sido una persona distinta en cada una de dichas ocasiones. Yo fui el común denominador en todas las ocasiones por ser quien narra, en algunas como agente activo y otras como objeto pasivo pero puedo deducir que el acercamiento y el conocimiento acerca de otras culturas es importante para identificar asperezas y es un catalizador positivo en las interacciones humanas para contrarrestar la intolerancia.

A gran escala, los intercambios culturales pueden darse por intereses comerciales, invasiones o migraciones; siendo éstas últimas el caso más complicado porque no generan un choque amistoso o violento como en los otros casos, sino un conflicto de baja intensidad que puede durar mucho tiempo sin desembocar en una dominación o integración completa. Una migración orgánica como la que sucede de sur a norte en América, de África a Europa, o de lo rural a lo urbano como sucede en China y Guatemala; cosa que trae variables nuevas que terminan por obligar a los anfitriones y a los recién llegados a decidir entre la aceptación de los unos y la adaptación de los otros, una engorrosa batalla de integración. En los últimos años los medios de transporte son mucho más veloces y baratos propiciando las migraciones a una escala masiva; de argelinos a Francia, de q’eqchi’ a la Ciudad de Guatemala o de guatemaltecos a Maryland.

No es sencillo aceptar lo que la «otra cultura» ofrece y requiere; además del asunto del idioma y la apariencia física, que es lo más perceptible e inmediato, hay elementos que dificultan la interacción diaria y el intercambio de ideas. El sicólogo social Geerd Hofstede realizó en los años setenta un estudio acerca de las diferencias culturales, valores y actitudes entre los empleados de la corporación multinacional IBM de todas sus subsidiarias alrededor del mundo, encontrando cinco dimensiones culturales que desarrolla a fondo en su libro “Culture’s consequences: International differences in work-related values”

  • Distancia de poder. Cada cultura tiene una percepción distinta de desigualdad entre personas, entre el jefe y el subordinado o entre clases sociales, que desemboca en una dinámica de respeto distinta. Por ejemplo, la movilidad social en Guatemala es mucho menor a la que hay en Suecia.
  • Individualismo. Hay sociedades que son más colectivas que otras, en cuanto a grupos familiares y redes laborales, por ejemplo la individualidad es importante en EE.UU. pero no en Latinoamérica donde las familias y comunidades son más cohesivas y extensas.
  • Incerteza. La tolerancia a la ambigüedad y el apego a las reglas es distinto entre culturas; por ejemplo un Japonés requeriría instrucciones o reglas más claras que un Inglés, el respeto de las mismas tiene relación con esta dimensión así como la tolerancia o ansiedad que provoca la ausencia de las mismas.
  • Masculinidad. Una componente de esta dimensión será el machismo, la distribución de roles, postura frente a la sexualidad y también el valor de cosas como la competitividad y la importancia de la calidad de vida.
  • Orientación a largo plazo. Algunas culturas buscan satisfacción más inmediata con respecto a sus acciones; por ejemplo la prolongada persistencia de un Chino contrastaría con un Estadounidense o Europeo que buscan satisfacción más inmediata a sus esfuerzos.

Las dimensiones de Hofstede están enmarcadas en las relaciones laborales pero es sencillo hacer la analogía bajo la advertencia de que las culturas no son entes definidos y no pueden considerarse como bloques homogéneos para describir a todo individuo que supuestamente pertenece a ellas. A la hora de asumir que las culturas islámicas o el laicismo occidental pretendan imponerse es un error, hay una cantidad muy grande de escalas de gris entre ambos mundos. No es lo mismo ser un musulmán en Arabia Saudita que en Indonesia, un católico en las Filipinas que en España, un hispano de Montevideo que uno de East Los Angeles. No puede asegurarse que la revista Charlie Hebdo atacaba a todo el islam en nombre de todos los franceses laicos, o que los ataques terroristas fueron en nombre de cada musulmán de cara al mundo occidental. Hay factores —entre muchos otros— históricos como el colonialismo francés, políticos como el resurgimiento reciente de movimientos de extrema derecha, la xenofobia en respuesta a la ola de migración de las últimas décadas, etcétera.

De la misma forma que un guatemalteco de clase media de la zona 11 posee elementos culturales distintos a los de uno del triángulo Ixil, además del hecho de que no son dos grupos antagónicos o excluyentes, la incomprensión de esa diferencia muchas veces no permite una convivencia exitosa de los intereses de ambos y que no haya un consenso con respecto a lo que significan cosas como “progreso”, el “bienestar” o la “sofisticación cultural” cuando hay intereses distintos con respecto a problemas como la minería, la protección de recursos naturales y el papel de las autoridades.

Las generalizaciones son peligrosas pero fáciles; es fácil movilizar a un grupo de gente diciendo algo tan sencillo como “Yo soy Charlie” o “Yo no soy Charlie” porque un verdadero análisis de todas las variables del problema probablemente sería visto como demasiado complejo, qué aburrido decir que el problema no es una cultura ni la otra ni el hecho de que sean distintas sino que es la intolerancia entre muchas otras variables.

La aburrida realidad es que el mundo no se compone de bandos definidos sino de millones de individuos con una visión propia del mundo que obedecen a una combinación de circunstancias, educación y elementos culturales de su entorno. Dígame relativista o aburrido pero los «ismos», los extremos y los eslóganes son simplones. A veces me falla, pero por lo regular prefiero no alinearme y pensar, decir «Yo soy», a secas.

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Alejandro Echeverría

Alejandro es ingeniero, tecnólogo, fotógrafo y montañista.

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